16 marzo 2005

La alegría de la vida

En enero de 1999 mi papá acababa de morir. Estábamos velándolo en la funeraria de Cristo Rey en la 99. En una ocasión durante esos días salimos Julián, Gonzalo y yo y nos encontramos a charlar afuera de la funeraria y encontramos un embolador al cual le pedimos nos lustrara los zapatos a los tres. Hablamos con él, una muy buen persona. Cada embolada costaba algo como mil doscientos pesos, muy barato incluso para la época. Alguno de los 3 sacó un billete de cinco mil, le pagó y le dijo que podía quedarse con las vueltas. Aún recuerdo la alegría y el agradecimiento de este señor. Cuando eventualmente recuerdo este caso me pongo a pensar cómo podemos alegrarle el día a alguien con pequeños detalles, pequeños para mi, grandes para ellos.

Como cuando en una época navideña en Unicentro estaba viendo algunas cosas en un puesto de UNICEF. Después de pagar las compras se me ocurrió despedirme con la frase “que tenga una feliz navidad”. Una cliente que estaba a mi lado me miró sorprendida y el señor que me atendió también se asombró y me respondió con una sonrisa brillante que me deseaba lo mismo. Durante ese día hice el ejercicio, a partir de ese momento, de despedirme de esa manera. Desde ese año cada navidad hago el propósito de desear cuando me despido de quien me ha atendido. Usualmente la respuesta es como la primera vez, sorpresa y alegría del destinatario del mensaje. ¿Qué pasaría si en vez de hacerlo al despedirme lo hiciera en el primer saludo?
El resto del año el objetivo es saludar por el nombre a la persona. Entonces, ¿para qué los botones tan bonitos que adornan sus uniformes? Cada persona se siente diferente cuando uno los trata e manera diferente.

La alegría de la vida está en los momentos rutinarios y nosotros los dejamos pasar mientras esperamos los trascendentales.
Volviendo al cuento del embolador... qué son unos pocos pesos para nosotros y qué significan para él. Muchas veces perdemos la dimensión de las cosas cuando nos acostumbramos. Pensamos que ellas tienen el mismo valor para todos y la vida nos muestra que no es así. Los momentos, vivirlos al máximo, mi clave para la felicidad. Cada uno de ellos es especial, como cada uno de los seres humanos

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