15 marzo 2006

Ya casi era la medianoche

Voy a contarte un sueño que tuve.

Llegábamos, creo que con Laura, no puedo asegurártelo, a una edificación vieja que en algún momento había tenido paredes blancas. Ibamos a un concierto de esa orquesta que tanto me gusta, especialmente por la voz de su nueva cantante. Antes que comenzara supe que estábamos en lo que había sido el matadero distrital (el que aún funciona en la Jiménez abajo de la treinta pero, en el sueño, había sido abandonado muchos años atrás). Cuando los músicos hicieron su aparición no pude reconocer casi a ninguno de los que había visto la anterior ocasión en que se presentaron. Iban vestidos locamente, inclusive el director, tan serio que había sido siempre, y una cantidad de gente nueva conformaba la agrupación. La música fue igualmente irreconocible para mí, ni siquiera la voz de la cantante fue igual. Un espectáculo más que adecuado para el escenario en el que nos hallábamos. El público abandonó el lugar antes que acabara la función y una amiga que no veo hace años me reclamó por haberle recomendado ese conjunto (no recordaba haberla invitado, pero aún así, me sentía apenado). Cuando salí me dirigí a mi casa, caminando. Repentinamente me vi sentado en mi cama, en mi cuarto (tú sabes que en los sueños los cambios más abruptos transcurren sin sobresaltos). Allí, en la misma habitación se encontraban Laura y Julián, aparentemente sentados en la silla del escritorio y sobre el baúl. El techo estaba lleno, abarrotado, de móviles de fantasmas, brujas y calabazas anaranjadas (como de día de brujas). Estos comenzaron a moverse fuertemente como si hubiese viento dentro de la casa, pero sentí que era otra fuerza diferente la que los hacía mover. Pensé que era Julián, jugando con esas cosas que él sabe hacer con su mente, y ya iba a decírselo cuando lo vi como paralizado. Pensé comentarle a Laura pero a ella le estaba sucediendo lo mismo. Me pareció como si ese instante se estuviera estirando y para ellos dos no transcurriera el tiempo, mientras que para mí avanzaba normalmente. Se sentía, pienso, como si estuviera viéndolos desde otra dimensión detiempo, pero yo aún permanecía en mi cuarto. Miré mi reloj, buscando un indicio sobre lo que sucedía, pero se hallaba trastornado. Los números se prendían y apagaban, cambiando cada vez a una hora completamente diferente y algunas veces ilógica (horas con minuto 78, por ejemplo). Fue en ese momento cuando Ella entró por la puerta de mi alcoba. No subió las escaleras, no llegó por el corredor, no salió del baño (la puerta de éste permanecía cerrada). Era como si hubiera aparecido repentinamente en medio del pasillo, frente a la puerta. Caminaba con la espalda muy derecha, iba en línea recta, con los ojos abiertos y la piel algo pálida. Vestía una bata roja, como las que Laura trajo de México. Se acercó a la cama, donde yo continuaba sentado, se acomodó allí subió sus pies y recostó la cabeza en mis piernas. La abracé y miramos por unos momentos un punto impreciso en las nubes, a través de la ventana. Luego se quedó quieta, mi reloj se apagó del todo y la fuerza que empujaba a los móviles desapareció. Ahora, éstos sólo ondulaban levemente, movidos por el poco impulso que les quedaba.

En ese momento desperté. Levanté la cabeza para ver la hora en el radio reloj y ya casi era la medianoche. Me recosté de nuevo, sin poder dormir a causa de la agitación que me consumía. A los pocos minutos sonó el timbre del teléfono; en realidad estaba esperando que lo hiciera. Una voz al otro lado de la línea me lo dijo: —Falleció hace tan sólo un momento—. Yo le agradecí la información y le dije que estaría con Ella después del amanecer. Sin embargo, yo conocía la noticia antes de oír sonar el aparato. A nadie se lo he contado, solamente a ti. Sería imposible explicar, yo mismo no lo entiendo, por qué razón yo estaba allí cuando murió entre mis brazos.

Mauricio Duque Arrubla
Enero 1998

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