20 diciembre 2012

Manual de comportamiento para gente formidable

Participé en una convocatoria que me hicieron para participar con un texto en el segundo número del Manual de comportamiento para gente formidable, "una colección de textos de educación y cultura general para el ciudadano moderno".

Mi texto en esa compilación hecha por el señor Oscar Rodríguez, @santamaradona en twitter, se llamó "Instrucciones para evolucionar hasta hacer la evolución irrelevante" La invitación es a que lean todos los textos y de paso el mío. Yo ando lleno de trabajo y solo el fin de semana podré, en la tranquilidad de mi sala, deleitarme con los textos de los otros participantes.

Encuentran al manual acá, en formato PDF

22 noviembre 2012

Recuerdos de la OFB


Sin esperármelo, el otro día recibí por twitter un mensaje directo de @darlingzambrano preguntándome si quería ir al lanzamiento de un producto que produjo la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Una caja conmemorativa del cumpleaños 45 de la orquesta; 3 libros y un CD de audio. Esa invitación sacó del fondo de mis neuronas con más telarañas el recuerdo de una época en la que por varios motivos llamaba la más feliz de mi vida en la que se mezclaba el teatro, la música, los cuentos, la escritura, los amigos (las amigas) y otra serie de sucesos que me llevaron a calificarla como tal.

Estudiaba Farmacia en la Universidad Nacional de Colombia y de esa vida universal, que solo pocas universidades colombianas tienen, hacía parte el concierto en la tarde sabatina de la filarmónica. En el León de Greiff, en las manos, dedos, pulmones y labios de los músicos conocí algunas de mis obras favoritas de música clásica. Grandes sorpresas que desconocía cuando veía el programa publicado en carteles de papel periódico en los ventanales del auditorio. Coleccioné los programas de todos los conciertos a los que fui, los cuales se fueron a la basura cuando empezó a envejecer el alma y me pregunté ¿para qué guardo tanto mugre? Varios años fui asiduo visitante lo cual lo facilitaba el estar soltero y sin compromiso. Un día, sin saber por qué, como cuando uno deja de verse con los fantasmas del pasado o cuando los amigos y familia se convierten en fantasmas, dejé de ir. Posiblemente todo se fue abajo al empezar a trabajar y dejar de ir a la U, dejar de ver los anuncios en los cristales, dejar de hablar con otra gente que también asistía a los conciertos.

Por eso la invitación al lanzamiento de la caja con los libros fue todo un viaje al pasado; recuerdos de gente, situaciones, obras y de los dos directores de la orquesta a los cuales más vi: Carmen Moral y Francisco Rettig. Sobre la primera tengo un especial recuerdo el día de su despedida cuando el pianista invitado (creo que era Leonid Kuzmin) en su homenaje y como encore interpretó un fragmento de la ópera Carmen adaptado al piano. De Rettig su fascinación por Mahler (me la transmitió en una temporada con muchas de sus sinfonías) y su capacidad de dirigir las obras de este compositor sin partitura, de memoria. Tristemente, el trabajo de los 45 años no los incluye entre los directores destacados. En mi banda sonora, en cambio, ellos tienen su pedestal y reconocimiento.

Últimamente he estado extrañando la pasión que tenía por la música en esa época, como la consumía con fervor, cómo buscaba mantenerme actualizado en el avance de mis géneros preferidos; hace unas semanas  pensaba, y escribía acá, cómo algunos programas musicales del canal Film & Arts me devuelven por instantes ese deleite que hoy me hace falta. Por eso la invitación a ese sencillo evento de lanzamiento para un trabajo tan bonito como el de los 3 libros y el CD me emocionó tanto. Es como el cumpleaños de una amiga que no veía hace rato, como rebrujar en el baúl, en la caja de recortes.

Los programas que coleccioné ya no existen, los recuerdos sí. La música, a pesar de todo, está siempre atenta a darnos la mano antes de resbalar y caer a los abismos.

20 noviembre 2012

Sobre un futuro posible

Cuando despertó, San Andrés ya no estaba ahí              

10 octubre 2012

El tiempo del ruido


 “… vimos en el centro del patio a alberca bautismal donde fueron cristianizadas con sacramentos marciales más de cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden, la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera.” (El otoño del patriarca; Gabriel García Márquez)


Desde pequeño oí la expresión "es del tiempo del ruido" para hablar de algo muy viejo. Solo hasta ahora conozco la historia detrás de esa expresión que tiene varios cientos de años (al menos la ocurrencia del ruido).

Pueden leerla en el blog que una amiga escribe sobre catástrofes

http://forcemajeurecat.wordpress.com/2012/10/09/el-tiempo-del-ruido/

04 octubre 2012

Por qué (no) leemos (II)

En el post anterior mencionaba razones por las cuales la gente no tiene un hábito de lectura frecuente. En este planteo ideas sobre cómo mejorar ese fenómeno. 

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Los estudiosos están comenzando a reconocer que la literatura abarca hoy en día un campo más amplio que solo los libros. Hoy día, por ejemplo, importantes escritores dedican importante cantidad de su tiempo a la escritura de guiones originales para series de televisión reconocidas por la calidad de su producción y la profundidad de sus historias. Añadimos a esto las adaptaciones a la pantalla de obras escritas para formatos impresos tradicionales. Esas también son formas de consumir cultura y literatura

Para proponer soluciones o alternativas a las causa de por qué no leemos podemos buscar las causas de por qué la gente sí lee y determinar la brecha entre ellas y proponer maneras de 


  • Es divertido, es como oír al abuelo contar historias
  • Es útil, leo porque aprendo gramática, ortografía y vocabulario
  • Es la mejor forma de aprender sobre mi oficio o profesión y es a manera de mantenerme actualizado
  • Me gusta escribir y cuando leo conozco nuevas formas de hacerlo e invento nuevas posibilidades de mejorar y sorprender
  • Me distrae de la realidad
  • Es entretenimiento de mayor calidad que el de televisión y prensa
  • Lo acostumbro desde niño cuando leía con mis padres



Sin embargo aún es incierto por qué la gente lee, por qué hay fenómenos en ventas como la saga de Harry Potter o El código Da Vinci. Parece no haber evidencia empírica suficiente que permita dilucidar ese secreto y de haberla ya estaría siendo usada por los escritores y editores para publicar obras prefabricadas con el fin exclusivo de vender.

Puedo reunir en dos grupos las motivaciones de la gente hacia la lectura:

Leo porque me es útil. Son razones similares a “Leo porque me sirve para aprobar las materias en el colegio o la universidad, leo porque lo necesito para mi trabajo y conseguir mejores empleos al estar actualizado”
Leo porque me fascina. Hay algo en las obras que leo que me seduce, algo que va más allá de mi raciocinio y que hace que me encante leer

Todos sabemos por qué fumar es malo, por qué comer muchas grasas nos enferma y por qué hacer ejercicio nos hace bien. Pero eso nos impulsa poco a dejar de fumar, a comer saludable, a tener una rutina de ejercicio físico. Igual sucede con la lectura. Podemos encontrar fácilmente en la literatura y en internet artículos con los beneficios de la lectura pero conocerlos no tiene ningún efecto. Entonces, ¿debemos evitar usar esos argumentos para tratar de convencer a la gente que leer es importante? No. Podemos usarlos pero combinados de manera adecuada con otros mensajes y persuasiones.

Alguien que necesite mejorar su redacción para preparar los informes de la junta directiva puede ayudarse a lograrlo mediante la lectura. Le podemos informar los beneficios que produce y en seguida proponerle lecturas de su interés. Si, como en este caso es un administrador, podemos buscar buenas revistas de Gerencia y Administración de empresas donde sepamos que hay un editor cuidadoso con el lenguaje. Este tipo de lecturas le será útil y además lo acostumbrará al tipo de lenguaje y redacción que se usa en el campo de los negocios. De nada nos serviría sugerirle que lea poesía que, aunque termine gustándole, no tendrá el efecto específico que estamos buscando. Pero a lo mejor sea el camino de entrada para que esta persona termine leyendo literatura con fruición.

Cuando un médico ordena a su paciente que debe hacer ejercicio debe no solo indicarle cuál es el que más le sirve sino tratar de encontrar las rutinas que más gusto proporcionen al enfermo. Puede sugerirle ejercicios al aire libre si eso es lo que le gusta, o puede plantearle rutinas de gimnasio de alto o bajo impacto según la necesidad y el gusto, puede sugerirle algún entrenador o entrenadora atractivos que lo motive a realizar su rutina. En fin, persuadir a una persona a formar un hábito como el de la lectura no se logra solo con datos y evidencias. Hay que buscar también tocar las fibras del alma y encontrar la forma para que la actividad se vuelva habitual.

Usar el lenguaje y sus manifestaciones, como la lectura, debe ser algo placentero como practicar el deporte que nos gusta. Si hacemos una analogía rápida, podemos proponer que para ser igual de felices leyendo que jugando fútbol (escojo este deporte solo a manera de ejemplo) podríamos seguir una secuencia similar a esta:


  1. El niño conoce el balón y empieza a manipularlo
  2. Entiende cómo se comporta el balón y empieza a jugar con él
  3. Encuentra un adulto que lo guía y le muestra nuevas opciones con el balón
  4. Conoce las reglas del juego y decide cuándo seguirlas o cuando romperlas
  5. Encuentra amigos que también gustan del fútbol y se reúne con ellos
  6. Llega a acuerdos con sus amigos sobre cómo jugarlo, en qué campo, con qué balón, cuántas personas
  7. Va logrando la maestría en el uso de la pelota y va alcanzando niveles cada vez más profesionales
  8. Escoge en cuál posición jugará o en cual se divierte más
  9. Se involucra en campeonatos o exhibiciones
  10. Decide pertenecer a un equipo profesional
  11. Se hace experto jugador de fútbol
  12. Se vuelve una estrella con reconocimiento mundial

No todos tenemos que llegar a ser Lionel Messi, podemos escoger hasta qué nivel de avance queremos llegar o cuál necesitamos para el trabajo o estudio. No todos queremos ni podemos ser Vargas Llosa, Carlos Fuentes o García Márquez. Pero con entrenamiento y disfrutando el proceso podemos avanzar en nuestros hábitos de lectura. Y si ayudamos a los otros a encontrar su interés, lo que los fascina y lo que les es útil podemos aumentar su frecuencia de lectura a niveles antes no esperados.

01 octubre 2012

Por qué (no) leemos (I)

Había escrito este texto y el del próximo post para una nueva revista y no volví a saber de su suerte. Que no se pierda en un naufragio.

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Por qué no leemos


La humanidad lee desde hace relativamente poco tiempo, la mayor parte de su existencia ha pasado sin que el ser humano pueda o quiera leer y escribir.  La escritura solo apareció hace 5 mil años pero, a pesar de su invención, el acceso a obras escritas no fue masivo sino hace pocos siglos. Se dice que Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles durante el siglo XV, así se facilitó la difusión de información y la alfabetización de la humanidad. Sin embargo a comienzos el siglo  XVII, cuando se publicaba El Quijote, la costumbre era que la gente escuchara historias en voz alta y que alguien leyera para grupos. Aparte de la baja alfabetización existente en Europa en esas épocas, era una cuestión de hábito y tradición. Se afirma que la obra de Cervantes, por su estructura y forma, estaba pensada para ese tipo de lectura grupal.

De ahí que preguntarse sobre por qué la gente no lee no es una inquietud que pudiéramos aplicar a cualquier momento de la humanidad sino a una práctica de no más de 3 siglos, desde el siglo XVIII, cuando se hizo más común eso de leer a solas y mentalmente, hasta el día de hoy. ¿Ha logrado cambiar la actitud humana? ¿Está el rechazo a la lectura vinculado en cierta forma a comportamientos aprendidos por miles de años que no han sido totalmente remplazados por el hábito adquirido de la lectura?

Con el muy reciente desarrollo de las telecomunicaciones, suscitado tras la aparición de los computadoras personales y muy especialmente con la masificación de las conexiones a internet, comenzamos a hablar de diferentes medios de consumo de los contenidos que con anterioridad solo podíamos leer en un libro o escuchar en la voz de un expositor. Hoy día el acto de leer, antes tan tradicional y apegado al medio que llamamos papel, ha dado saltos que pueden ser simples cambios de formato o medio de publicación, por ejemplo leer en libros electrónicos; o complejos como participar en la creación de historias dinámicas donde cada consumidor desarrolla una argumento diferente sobre un mismo producto cultural. Es el caso de los juegos de  video y el cine interactivo.  La tecnología que ha creado nuevas formas de productos literarios puede también enfocarse a lo más tradicional. Ha abaratado y facilitado la creación, producción y distribución de las obras. Aunque muy relacionada con la llamada piratería, también ha facilitado que lectores y en general usuarios compartan contenidos y que los lleven consigo en dispositivos móviles capaces de cargar decenas de libros en poco espacio y muy livianos.

Limitemos hoy nuestra pregunta a ‘¿por qué la gente no lee libros?’ Es posible que en vez de estos soportes las personas escojan ilustrarse leyendo revistas pero cuando en el común escuchamos la pregunta ‘¿por qué no leemos?’ nos referimos casi siempre a leer libros. Diversos estudios muestran que la tendencia tiene fuertes raíces en nuestra infancia. Así se ha reconocido el efecto del entorno (padres, hermanos, maestros, compañeros de escuela) y se ha llegado a la conclusión que actividades como la lectura compartida, en voz alta, selección de libros adecuados a la edad y hábito de lectura causan impacto en los hábitos de lectura del adulto.

Existen, otras razones que han sido relacionadas con bajos hábitos de lectura, y entre muchos otros, resalto estas:


  • Métodos de entretenimiento que exigen menor esfuerzo: es definitivamente más fácil engancharse a un ligero programa de televisión que con la mayoría de los libros
  • No hay tiempo: las obligaciones sociales y familiares dan la apariencia que el tiempo no nos alcanza para leer
  • Los libros son costosos: tengo gastos más apremiantes
  • No tengo práctica, me cuesta concentrarme
  • Es aburridor
  • La vida diaria es dura: escojo algo que me desconecte de la realidad y no me haga sufrir más de lo que el día a día ya me está causando
  • Prefiero ver series, películas o usar mi tiempo en juegos de video
  • Salud visual (de especial importancia en los niños, uno de los menos mencionados y tal vez menos estudiados): Me canso al leer porque no veo bien y no tengo acceso a lentes

Hay que reconocer también la existencia del paradigma social que dice más o menos así: “el que lee es culto, es de mejor clase, está en una posición más alta que los ignorantes que no leen.” Podemos encontrar en ese prejuicio otra causa importante de que la gente no lea porque no quiere verse diferente a los demás, que lo traten de sabihondo ni desconectarse de los temas de conversación de su grupo social. Algunas de las personas quienes leen con frecuencia hacen ver a los otros como inferiores, de manera consciente o inconsciente. Estas actitudes generan rechazo al hábito de lectura señalándolo como “de intelectuales”.

En el próximo post continuaremos este tema y hablaré sobre ¿qué hacer para fomentar el hábito de lectura?

ir a la segunda parte

20 septiembre 2012

Somos unos idiotas todos*


El procurador, y nosotros caímos en su juego, convirtió nuestras quejas contra un político corrupto, tendencioso, abusivo y aprovechado en una cruzada contra la moral y el aborto.

Entonces muchos de los que están contra el aborto lo apoyan no importa que este personaje esté confabulado con una corte suprema clientelista y un congreso putrefacto. Así quedamos de mal. Seguimos soportando un funcionario que cree que sus creencias están por encima de la constitución y la ley, uno que vende el poder investigativo del estado para su propio beneficio. A pesar que se haga llamar católico. ¡Ja!

Y por supuesto, los jerarcas de cualquier rama del cristianismo son los primeros en apoyar a este bandido, como han hecho con muchos. Ellos son los que se hacen los de la vista gorda cuando les conviene. Vergüenza debería darles de llamarse cristianos.

Y todo quedó limitado a si hay aborto o no. Somos unos idiotas todos.

*Texto escrito sin autocensura, con prisa y con mucha rabia a partir de una opinión de @egolaxista_

04 septiembre 2012

A lo mejor estoy seguro de algo

Estoy convencido que lo que escribo no es mío. Es decir, no lo inventé yo.

Estoy seguro que alguien, ayer o hace tres mil años, tuvo la misma ocurrencia que pasó por mi mente.

En ese sentido, cometo cierta forma de plagio cada vez que escribo; incluso cada vez que pienso.

La forma en que hilo las ideas es solo mía pero cada una de ellas no es recién nacida.

Eso no quita lo feliz que me siento cuando alguna idea se me ocurre, alguna combinación bonita de palabras, alguna imagen literaria.

A lo mejor en algún lugar del mundo alguien piensa lo mismo que yo y escribe una idea que sí fue original mía sin yo saberlo. El conocimiento colectivo se la hizo llegar y retoñó en las antípodas, en otro idioma, sobre otro alfabeto.

A lo mejor, quién sabe...

01 septiembre 2012

La televisión en mi historia actual

Nuestros biógrafos deberían dedicar especial atención a identificar y documentar la televisión que veíamos y cómo nuestras preferencias fueron variando a lo largo del tiempo. Diría mucho de quiénes éramos en cada periodo de nuestras vidas. Cuando estudiaran la etapa que vivo actualmente dedicarían especial atención al canal de cable Film & Arts porque se ha convertido en mi preferido. Pero no es un gusto reciente. Fue hace muchos años en ese mismo canal donde aprendí cuál fue la Revolución del canto, en Estonia. 

Haciendo honor a su nombre, el canal se dedica a transmitir series, miniseries y películas dedicadas al arte. También la ópera y el ballet ocupan una buena parte de su programación. De un año para acá es mi primera opción cuando enciendo el televisor, cada vez con mayor frecuencia. Y a veces me obsesiono con algunos programas como la miniserie Music Room que dieron durante junio y julio. Pero están también, por ejemplo, La vida privada de las obras maestras, Poirot y una larga lista de buenos y educativos programas. Los programas históricos narran sucesos o acontecimientos que hicieron parte de la concepción de las obras maestras o de la creación de tendencias culturales y me fascina poder entender el marco histórico y su relación con la expresión artística. Claudia se trasnocha viendo las excelentes puestas en escena de las obras de Agatha Christie en Poirot. Mi amigo John seguía la miniserie sobre el Barroco por la misma época que yo seguía Music Room. A veces aprendo sobre jazz en The Sessions. Y así podríamos seguir enumerando títulos pero no les dejaríamos tarea de investigación a los biógrafos.

Hay otro canal que me atrapa: Eurochannel. Está a solamente dos saltos en la parrilla de mi proveedor de TV por suscripción. En ese veo películas y series, europeas por supuesto, y entre esas varias originadas en Suecia. Los meses que pasamos en Estocolmo nos han hecho seguidores curiosos de las series de ese país, a ver si reconocemos algo del idioma, los lugares o las costumbres. También porque hay muchas muy chéveres. Este canal y Film & Arts nos permiten ver producciones que no vemos en ninguno de los otros canales, ni de TV abierta ni de cable y nosotros no somos de los que descargamos series o películas por torrent. No tanto por consideraciones morales, que también están, sino por pura pereza. Tengo pendiente, por ejemplo, la serie Doctor Who que me han recomendado ampliamente y de la cual solo vi un avance una vez por ahí.

Alguien se extrañará que no haya mencionado Inside the Actor's Studio como programa favorito en F&A, si alguna vez escribí aquí sobre él. Pues sucede que esta temporada ha sido de las más flojas de, antes, un magnífico programa. De lo de este año solo destaco la entrevista a George Clooney porque los otros invitados, también famosos, no han hecho los entretenidos programas que vimos en otras ocasiones.

Pero la televisión se va transformando y los televidentes también. Hace muchos años seguía The History Channel, cuando hacía honor a su nombre. Así como este canal, cambiaron hasta hacerse irreconocibles, Discovery y People & Arts, este ahora desparecido o tal vez transformado en algo llamado Liv. También han aparecido otros canales nuevos y entre tanto nuestros gustos han evolucionado con nosotros. Mientas tanto disfrutaré Film & Arts y Eurochannel hasta que pueda, me gusten y mi proveedor de cable los tenga en la parrilla. Claro que si los mueve a un plan por el que haya que pagar más dinero,  consideraría seriamente perseguirlos. Por estos canales creo que pagaría más. Y de paso recuperaría Discovery Civilizations y Discovery Science que justamente los perdí por esos cambios en planes y en programación.

29 agosto 2012

Compasión, diferencia y sueños: sobre eventuales diálogos


Lo que me llama la atención de la nueva restricción vehicular bogotana es el intento de pensar diferente y plantear soluciones distintas. Aunque muchos quieran mantenerse en el anterior o empeorarlo porque se resisten al doloroso cambio. Y sí que lo estamos padeciendo todos.

Es lo mismo que me interesa encontrar en esta apenas incipiente posibilidad de un eventual diálogo con las guerrillas (¿Se nota mi escepticismo acera de un asunto aún gaseoso y vago?). Una posibilidad nueva una exploración seria porque la anterior estuvo cerca de alcanzar su objetivo pero no se ha logrado aún. "No esperes resultados diferentes haciendo lo mismo". Tal vez buscando otras rutas lleguemos adonde queremos. Sueño con que mi país viva tranquilo, con los problemas "normales" de otros países. Aunque estoy convencido que la guerrilla no es más que un conjunto de signos y síntomas sobre algo más profundo.

Aunque dude de manera categórica que la guerrilla luche por los desposeídos, eso no me impide ver que estamos en un país desigual, donde los ricos tienen mucho y los pobres nada. Un país donde los empleadores buscan con frecuencia explotar y aprovecharse del empleado. Donde el empleado y el empleador ven el tener trabajo como un favor que el dueño del capital hace a los otros. Un país donde somos individualistas en extremo. Donde ser mayor de 35 te hace viejo para muchas posibilidades laborales.

Me aterra pensar que el "establecimiento" pueda ver cualquier tipo de logro como una victoria. Y me atemoriza eso porque ya vivimos en un país donde los privilegiados parecen ser miembros de las cortes europeas del siglo XVII. Los que han logrado el poder piensan en su beneficio y actúan en ese sentido. Los demás somos simplemente una masa que produce para que ellos se hagan más ricos. Los gobernantes no buscan mejorar a la gran mayoría sino ordenar los eventos en su beneficio. Como ejemplo la reciente reforma a la justicia donde los tres poderes se amangualaron para recompensarse mutuamente. Y si ahora se comportan así, cuáles derechos podrán otorgarse al considerarse vencedores. Una vez más, como el rey vencedor de una batalla y con derecho a la apropiación del botín.

Y que sea claro que no apoyo un triunfo de la guerrilla porque allá en su mundo propio, en su burbuja, los comandantes son como nuestros gobernantes. Buscan solo el beneficio propio.

¿Estará preparado el país para un verdadero proceso de paz que conduzca a mediano plazo a reducir la brecha social? ¿Estamos preparados para que tengamos que pagar más impuestos para alcanzar logros sociales que beneficien a todos? ¿Estamos preparados para ceder a nuestros privilegios, a que nuestros sueldos se reduzcan o se aumenten los de nuestros subalternos para que un gerente de compañía no gane 50 o más veces lo que gana el operario? ¿Estaremos preparados para reconocer a quienes nos atienden como iguales y no como siervos? ¿Podrá cualquier colombiano contar con la cabeza en alto cuál es su trabajo sin temor a que lo excluyan? ¿Podremos dejar de calificar a los otros de tal forma que no resulte una frase como "yo soy mejor que usted"?

Me pongo a pensar en la complejidad del trabajo que tenemos que hacer para acortar  esas diferencias y me asusto. Con o sin guerrillas es el proceso de reconciliación que debemos lograr. Honestamente hoy veo imposible o muy lejano ese sueño. Tal vez porque estamos tratando de alcanzar por el camino que no es.

El proceso de negociación que nos están pintando (sin haber nada claro aún) requerirá la participación de todos los afectados por la violencia. Es decir de todos. Pero no podemos ir como una masa manifestar las opiniones y lo que esperamos y exigimos.  Debemos segmentar esa masa en cada uno de los grupos de interés, de los sectores que deberían ir a manifestarse o a llevar al menos su "memorial de agravios". ¿Saldremos en decenas de grupitos cohesionados a levantar la voz y el puño? Y regreso al tema de la individualidad. No estamos familiarizados con el concepto de lo colectivo.

Yo pienso que ese es el primer objetivo que deberíamos lograr. Crear un espíritu de colectividad y compasión donde lo que le pase al otro me importe, pero de verdad. Donde no solo sea decir "pobrecito" sino que tengamos los mecanismos sociales para socorrer al pobrecito y ayudarlo a regresar al estado que estaba antes de su desgracia.

Compasión colectiva. Un estado que trabaje para todos y no para los reyezuelos. Y que cada uno obtenga lo que desee y logre sin aplastar al otro. Donde las diferencias se reconozcan y se respeten. Donde una mujer valga lo mismo que un hombre o un homosexual. Un estado que valore la diferencia y los contrarios se enfrenten a través de la dialéctica para seguir siendo contrarios pero mejores cada uno.

Comencé hablando del pico y placa y terminé hablando de la compasión y la diferencia y de mis sueños de país. Tal vez antes que organizar todo lo que dije deberíamos es, más bien, buscar un sueño más o menos común que nos permita a todos remar para el mismo lado.

27 agosto 2012

Ruidos

Es un día entre semana y por el cielorraso del baño se escucha el flujo de agua de la ducha del vecino del quinto piso. Poco antes han sonado la cisterna  y el agua del inodoro escapando presurosa y sorprendida. Sin mirar el reloj, calculo que deben faltar diez minutos para las cinco de la mañana. Estiro mi brazo y tomo mi teléfono solo para confirmar la hora. Los sonidos alrededor de mi cama en las madrugadas tienen la secuencia que me permite calcular con bastante exactitud la hora en que despierto o la qué es después de estar un rato largo sin dormir en la oscuridad de la madrugada bogotana. A veces hay sonidos inesperados que desajustan este plan exacto. Como cuando una ocasión nos sorprendió Canela ladrando en la plazoleta, pocos minutos antes de las cinco. La plazoleta es pequeña y está rodeada de edificios de nueve pisos y los ladridos de Canela resuenan con estruendo en el silencio de la fase menos profunda del sueño de muchos de nosotros. Los cientos de ojos de los edificios empezaron a abrir sus párpados e iluminarse  después el abrupto despertar. Aparte de esos eventos fuera de la tendencia habitual, los sonidos de mi vecindario pueden ser usados para estimar la hora de la noche. El canto de los pájaros, las llantas de los carros, el agua del vecino. O el mismo silencio. A medida que el tiempo avanza durante la noche los sonidos van sucediéndose con una predecible rutina como en un relevo militar. Los fines de semanas hay cambios en el guion, de tiempo y de contenido, porque nuevos sonidos atraviesan los jirones de noche que han caído, oscuros, unas horas atrás.


Cantan los pájaros, desde las cuatro. Ellos no saben de sábados ni domingos. Poco a poco aumenta la intensidad de su sonido y así me van mostrando como los minutos se adelantan unos a otros. Lo que sí me permiten los fines de semana es oírlos por más tiempo antes que su canto quede sepultado por las ruedas de los automóviles y otros sonidos de la vida humana antes que salga el sol. Hubo una época, hasta comienzos de este año, en que a las 5:37 (minutos más, minutos menos) pasaba de norte a sur el tren que llevaba cemento de Argos. A menos de treinta metros de mi ventana está la vía del tren y entre su escaso movimiento estaba el tren cargado con bultos de papel kraft llenos de cemento. Cada vagón llevaba su carga encarrada con perfección y cubierta con una gran lona verde que protegiera el producto de la lluvia y, a esas horas, del abundante rocío. Y a veces, o siempre no sé, un personaje en el último vagón, envuelto en ruanas y bufandas para soportar el frío de las primeras horas sabaneras. Poco más de una hora más tarde el tren iba de regreso a Belencito, con sus plataformas vacías, un paquete amorfo cubierto por la lona verde con, tal vez, los sacos que se rompieron y derramaron y van de regreso a la planta. Al anochecer volvía a pasar el mismo tren con la misma carga y de la misma forma al rato iba de regreso. Hace varios meses dejó de pasar el tren del cemento. Cuando lo oía venir y los timbres de la señales de advertencia para los carros empezaban a sonar sabía que, aunque el despertador del reloj hubiera dejado de sonar hacía rato, ya era el momento de levantarme. Los maquinistas hacían sonar también su sirena pero cuando, apenas amaneciendo, el tren llegaba cargado, trataban de ser cuidadosos y hacer poco ruido para no despertar al vecindario. Eso siempre y cuando no hubiera un peatón o un conductor imprudente que amenazara cruzar las vías sin percatarse de la mole que se acercaba. Ahí la sirena era continua y estridente. El barrio se había despertado ya. Como cuando Canela ladraba.

Desde hace poco ha vuelto a pasar algunos días un tren a las 5:40. Me levanto a ver si vuelve el tren del cemento pero es un tren de pasajeros, vacío, que seguramente se dirige a recibir viajeros en el recorrido del Tren de la Sabana, el que antes iba a Nemocón y ahora a Zipaquirá. A veces pasa la “mesita” del tren, ese pequeño carrito amarillo que lleva trabajadores y algunos elementos para mantenimiento de vías. Su sirena es tan ruidosa como la del tren más largo, grande y pesado. Cada vez que pasa el tren, no importa la hora, no solo se oye su sirena y el timbre de la señal de advertencia sino el silbato del operador de las varas que interrumpen el tráfico. En la avenida frente a mi apartamento, de dos calzadas, una de las varas fue destruida durante una noche de hace meses por algún conductor distraído. Hoy sigue estando inutilizada y el operador de las señales debe interrumpir el tráfico él mismo y contribuir al concierto con su silbato.

Otro ruido programado que ha dejado de suceder tenía que ver con una de las calderas de la clínica al otro lado de la carrilera. A las 7, sin importar que fuera fin de semana, algún operario liberaba el exceso de presión de la caldera haciendo un fuerte ruido. Me tomó varios meses entender de dónde venía el ruido hasta que finalmente lo ubiqué. El ruido se repetía varias veces al día, a intervalos regulares, hasta las 7 de la noche. Después de una construcción hecha en el terreno de la clínica no volvió a escucharse sino muy de vez en cuando.

Tengo una teoría reciente sobre el vecino que abre la ducha antes de las cinco. Me ha parecido que hace eso la mitad de los días, alternándolos, como en ‘pico y placa’. Si llego a establecer el patrón de baño de madrugada podré confirmar los días en que su vehículo tiene restricción. Si conociera a mis vecinos podría simplemente subir y preguntarle. Pero no sé quiénes viven allá, solo sé que son ruidosos, parten la panela en el piso de la cocina, a veces muy a las 6 AM, que tienen muebles grandes y pesados que hacen estruendo al arrastrarlos (los mueven mucho, es increíble) y que a veces hacen ruido con los zapatos tarde en las noches al acostarse. ¿Qué dirán de mí los del 302? Que dejo caer monedas en las noches (las que salen de los pantalones al irlos tirando por ahí), que arrastro los pies, que en las mañanas y a veces tarde en las noches muelo el café con un aparato ruidoso; si se acercaran en ese momento podrían oler el grano recién molido y la bebida recién colada. Y, por supuesto, dirían que me levanto faltando diez para las cinco a soltar el agua de la cisterna.

24 agosto 2012

Yo soy mejor que usted

Aquellos que apoyan con vehemencia proyectos de igualdad entre seres humanos, los que buscan abatir las barreras de desigualdad y segregación pueden fácilmente caer en un comportamiento igual de reprochable: considerarse superiores moralmente a los que pretenden usufructuar y mantener la diferencia o a los que no hacemos nada. Creerse mejores personas, más merecedores de algo, tener derecho a juzgarnos a los otros. Es fácil caer en el supremacismo. De alguna forma nos consideramos mejores a otros, de la misma forma que Hitler y sus arios se consideraron con más derecho que otros grupos.

Mi música es mejor que la suya: tengo derecho a criticarla juzgarla e incluso a insultarlo a usted por sus gustos y su desconocimiento. "La buena música no es para todos", leí hoy en twitter. Y lo leí a través de un retweet de una persona que aprecio mucho y considero sensata. No la critico sino me veo en ese espejo y a veces me parece un monstruo diferente al bello príncipe que una vez creí ver en el reflejo. Además un retweet no es necesariamente un apoyo a lo que el escritor original dice.

El guisómetro: una especia de escalafón del que leí la otra vez que pretende indicarnos que tan 'guisos' (ordinarios, lobos, de bajo estrato...) somos. Por supuesto, quien se lo inventó considera que él o ella no es guiso. "¡Ni más faltaba! ¡Guisos ellos, no yo!" Yo lo interpreto como "los que valen menos son ellos, no yo. Los ordinarios son ellos, no yo." Ellos ordinarios, yo extraordinario.

Y ver a gente que uno respeta y sabe inteligente caer en esa discriminación no me hace sino pensar. Este mismo escrito es una forma prepotente de ver que ellos están equivocados y yo soy un poco más iluminado y puedo ver los defectos que ellos no.

¿Es inevitable? Alguna vez alguien decía que si en en un momento dado llegáramos a ser iguales de verdad todos los humanos, pronto encontraríamos la forma de hacernos diferentes y considerarnos mejores que los otros. O como otros dicen: "somos iguales pero yo soy más igual que usted"

De creernos el cuento que somos mejores, a creernos el cuento de que tenemos derecho a imponer nuestro pensamiento, a creernos el cuento de las vías de hecho para hacerlo, y el cuento de desaparecer a los otros porque no merecen existir no hay sino un paso, porque es un camino en descenso que no necesita sino un pequeño impulso. La física hace el resto.

¿Cómo hacemos para eliminar ese fascismo que todos cargamos? ¿Es posible? ¿Vale la pena luchar o es causa perdida?

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Como siempre digo, esto ya lo debió haber pensado alguien antes que yo, con más criterios, más argumentos. Yo no invento: redescubro y reescribo.

01 mayo 2012

El Quijote y las letras digitales

El pasado 24 de abril tuve el honor de estar en Cali presentando una charla en la Universidad Autónoma de Occidente. Su título fue "De El Quijote a las letras digitales". No hay video de la charla pero está el guión que usé. Aunque no es exactamente lo que dije, se aproxima.

Es algo extenso y en vez de publicarlo por partes, pongo el vínculo al documento PDF que a su vez vincula a los videos usados.

Se utilizaron como fuente de consulta todas las notas y estudios incluidos en la edición del IV centenario de El Quijote (Editorial Alfaguara y RAE). Por tanto este documento no puede ser liberado bajo la licencia Creative Commons usual y tiene ciertos derechos reservados.

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10 febrero 2012

De ida y vuelta. Viaje por el metro de Estocolmo (última de cinco partes)

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En esta segunda mitad del viaje veo algo que he visto en ocasiones anteriores. Los niños suben solos al metro camino al colegio o regresando de este. Pueden ir en grupos, bastante ruidosos como es de esperar en cualquier lugar del mundo, o ir solos. Los más pequeños por supuesto van siempre acompañados pero se pueden encontrar niños de 10 años, incluso menos, viajando sin compañía en el metro. Como cuando en nuestra infancia en los 70 mis hermanas, Gonzalo y yo podíamos montar en bus naranja. O en buseta verde de la Republicana de Transportes. He pensado tomarles fotos pero me da temor ser acusado por acoso a menores de edad. Como evidencia solo queda mi palabra. También es muy frecuente encontrar ancianos en el metro. El sistema está adaptado para su comodidad y facilidad de desplazamiento. Me impacta verlos casi siempre solos. En esta sociedad los lazos familiares no son tan fuertes de padres a hijos cuando estos últimos ya están crecidos como pueden ser en nuestra cultura por la herencia latina, española y probablemente algo de la árabe por la ocupación a España. Mientras veo a los viejos recuerdo noticias de maltrato y desatención en los centros de cuidado que existen para ellos en este país. Historias a veces dramáticas que en Colombia no suceden porque no existe tal red de albergues o ancianatos. Aún mantenemos la tradición del cuidado por la familia hasta donde sea posible. Algo que no durará para siempre.

Un hombre sube y empieza a tocar un violín. Para qué negarlo, estaba poco afinado. Al comienzo de mi estadía en esta ciudad no vi músicos callejeros o en el transporte. Pero de un tiempo para acá vi, además de este violinista, a un hombre que interpretaba un instrumento de cuerdas en grupos de 3 o 4, las que hacía sonar percutiéndolas con unas baquetas con una especie de algodón en la punta. También vi un acordeonista y otra violinista, esta bastante afinada y que estaba sobre la plataforma de la estación Karlaplan, en la línea roja. No era transeúnte por los vagones de metro como es este músico que se acaba de subir. Ya hay un apreciable número de pasajeros en mi vagón y el violinista espera que algunos le demos alguna moneda. Hasta donde he visto los suecos no son tan generosos en eso de dar apoyo al músico de la calle porque lo del rebusque es poco común acá. Las notas del violín suenan detrás de mí, el hombre está parado junto a una de las puertas. De repente otro hombre muy cerca de él le espeta un “cállese”. Se lo dice en inglés, “be quiet”, rudo, áspero y directo. Haga silencio, no se meta en mi vida de manera abusiva, más si lanza desentonados gritos a mi lado. Por supuesto estas palabras nunca se dijeron pero en el frío silencio que recorrió el vagón las sobrentendimos. Algunos habrán estado de acuerdo y pudieron haber agradecido al único que se animó a decirlo. Otros, tal vez acostumbrados a la condescendencia latinoamericana, sentimos dolor y vergüenza ajena. El músico hizo como que no era con él y aprovechó la simultánea llegada a la estación para terminar su ejecución, luego de esa perentoria orden, y pasar recogiendo sus monedas. El tren arrancó de nuevo y el hombre se sentó para luego bajarse en la siguiente parada y buscar, con cara de pesadumbre, una de las bancas para descanso. Los de adentro enterramos nuestros ojos en los periódicos, libros o dispositivos electrónicos. Alguno más desvió su mirada a la ventana como si anduviera en tren por el campo viendo el paisaje y no en esos túneles hechos en la roca negra que sostiene a Estocolmo.

El resto del viaje transcurre mientras paso el choque de ese evento con el músico. Para los suecos esto puede ser natural y por eso tienen fama de rudos y francos. También son muy respetuosos con los espacios ajenos y por lo general solo entran en ellos cuando han recibido la aprobación explícita para hacerlo. Puede que de ahí venga la abrupta reacción. Y de ahí viene también esa distancia con el turista o con el trabajador inmigrante. Si el necesitado de algún dato no pregunta, el sueco no se atreve en general a meterse y sugerir. Pero estará amablemente dispuesto a colaborar cuando se lo solicitan. Por supuesto es una generalización del temperamento sueco pero es la precepción que hemos tenido y que varios nativos nos han reafirmado.

La grabación con voz de mujer que anuncia las paradas me trae a la realidad. Ha llegado la hora de descender porque estoy de nuevo en Rådhuset. Mi alma sigue un poco gris por el suceso y al salir del túnel y subir las escaleras eléctricas encuentro que el cielo es negro. Apenas son las 4 y ya es de noche. Nieva de nuevo y algunos cristales se meten en mis ojos. Levanto la cara y me pongo las gafas como escudos. Hago el camino de regreso a mi casa mientras, enrollo de nuevo el hilo que fui soltando cuando salí. A mi derecha veo la torre de Stadhuset con su luz azul que brilla en la noche y domina el vecindario como un faro. El centro de Estocolmo y el canal que no se congela aún me reciben de nuevo. La nieve vuelve a seducirme crujiendo bajo mis pies.

Me esperan otros viajes por el metro. Líneas y estaciones que no conozco, gente que no he visto, prejuicios nuevos que crear y desbaratar.

Estocolmo
Diciembre de 2011-Enero de 2012

09 febrero 2012

De ida y vuelta. Viaje por el metro de Estocolmo (cuarta de cinco partes)

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Cuando en los años 50 del siglo XX se empezaron a construir las líneas de metro en Estocolmo, un número apreciable de artistas, ciudadanos y políticos pensó que sería importante que fueran un reflejo del devenir artístico de la época. Desde mediados del siglo XIX se había formado una corriente de opinión la cual proponía que el arte debía salir de los espacios reservados y alcanzar a la gente en las calles. Este pensamiento no se daba solo en Suecia y llegó a ser el fundamento de movimientos culturales tan importantes como el de los muralistas mexicanos: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y más. Como las líneas y estaciones han ido creciendo con los años, el arte en el T-Bana puede estudiarse por épocas y no es uniforme; es su diversidad lo que, en parte, lo hace tan atractivo. El sistema de transporte aborda por décadas la explicación de las obras en el folleto que ha desarrollado para entenderlas y ponerlas en contexto.  En la actualidad 90 de las poco más de 100 estaciones del metro exhiben arte creado por más de 150 artistas[1].

Al llegar al destino, el fin de la línea, la estación donde tomaré hoy las fotos, el conductor del tren apaga las luces interiores avisando “hasta aquí llegamos” por si hubiera algún despistado que esperara que el tren siguiera su camino. Los conductores de metro son personajes muy variados, Hay hombres y mujeres, jóvenes y viejos, amables y no tanto. Cada vez que detiene el tren en una estación, el conductor baja de su cabina a hacer una revisión de seguridad desde el extremo del tren para asegurar que nadie está atorado entre la plataforma y el vagón, que nadie quedó atrapado por las puertas o algún otro incidente. En algunas estaciones donde el tren se detiene en una curva y el conductor no puede ver toda la plataforma, existen monitores y cámaras que suplen esta falla. De una u otra forma el conductor vigila su vehículo. A veces son personas amables y, si el tiempo se los permite, abren de nuevo la puerta luego de haberlas cerrado para que suba un pasajero que llega apresurado corriendo para no perder ese tren. A veces no les importa o es imposible hacerlo porque siempre hay gente llegando a abordar, como en T-Centralen. Es más probable que muestren la generosidad a horas en las que el tráfico no es abundante y el próximo tren tome media hora en llegar. Por encima de cualquier consideración estará siempre el cumplimiento del horario.

Me paseo un rato por la estación tomando las imágenes que necesito y descubro una gran similitud con los murales de los mexicanos de los que hablaba antes aunque estos no son pintados en la pared sino sobre azulejos de cerámica. Regreso al mismo tren que espera para hacer el viaje en sentido contrario, hacia la estación Kunsträdgården. Mientras yo fotografiaba la estación un hombre o una mujer ha pasado rápidamente por todos los vagones recogiendo basura y limpiando lo que pueda en solo unos segundos. El conductor ha cambiado de puesto, ocupando la cabina del otro extremo y está listo para partir de nuevo. El regreso es como ver una película al revés. Podría decirse que los mismos que se bajaron en una estación ahora se suben. Por supuesto no es así pero el tipo y cantidad de gente que desembarcó en un sitio es casi el mismo que embarca en el nuevo sentido de viaje. De ser así pasando por Kista nos inundaría un río de gente y se subiría el hombre del perro. Y más o menos sucede, sin el perro. Y con menos gente aunque en proporción a las estaciones anteriores y siguientes, esta sigue siendo la que más flujo de personas mueve por la zona. Eso concluye en que voy en un tren medianamente lleno y donde varias personas viajan de pie. A mi lado está sentado un hombre mayor, es decir cincuentón. Va concentrado en su teléfono y alcanzo a ver que se entretiene con un solitario o algún otro juego de naipes. Es un celular básico y el hombre no se ve de mucho dinero. Frente a mí, un hombre clase media de la misma edad aproximada se distrae con el juego del primero y poco falta para que intervenga sugiriendo una jugada, advirtiendo un error o exigiendo una mejor visual desde su puesto. El jugador parece no notarlo mientras yo me divierto con la situación. Los dos parecen suecos.

Frente a mí, a un par de filas  de distancia, hay una mujer cuyo rostro me parece de alguna forma familiar. Voy preguntándome que es lo que me intriga de esa cara hasta que hace una llamada por teléfono. Nos hemos detenido en una estación y eso hace que ella recuerde a su amiga que vive por la zona y decida llamarla. ¿Cómo es que sé eso? Porque habla un perfecto español venezolanizado a través del cual alcanzo a escuchar parte de la conversación. Y tal vez sea su origen el que me haya hecho ver cierta familiaridad y creer que la conocía. Es relativamente fácil identificar a los latinos en esta ciudad. Sus características físicas sugieren el origen. Pero no es lo mismo un peruano que un colombiano o una venezolana. Diferencias, sutiles o no, permiten imaginarse el país de procedencia. En el caso de los colombianos y los venezolanos no es tan sencillo el pasatiempo porque, pienso yo, somos muy parecidos. Puede ser, entonces, que no conociera a esta mujer que hablaba por celular en el metro pero creo que se parecía a los rasgos que veo en mi país. En realidad no la conozco pero en el fondo sí. Imagino que quien esté familiarizado con los rasgos de los africanos o los asiáticos podría jugar el mismo juego de asignarles nacionalidad a los viajeros. Puedo ver diferencias en personas similares pero no establecer su origen aproximado.



[1] Los datos de este párrafo sobre el arte en el metro fueron tomados de “Art in the Stockholm Metro”, folleto publicado por SL, Storstockholms Lokaltrafik,  agencia de transporte de Estocolmo, para divulgar y explicar la obras de arte dentro el sistema T-Bana.

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08 febrero 2012

De ida y vuelta. Viaje por el metro de Estocolmo (tercera de cinco partes)

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También aparecen colgados de algunas manijas de los vagones los periódicos impresos locales. Existen dispensadores a las entradas de las estaciones para que la gente tome esos periódicos gratuitos y muchos viajeros cumplen ese eslogan oído en Colombia, “pásalo,” dejando el ejemplar en el tren. Pero también veo los libros tradicionales en manos de algunos. Pienso que tal vez hay diferencias en el soporte de la lectura dependiendo de la hora de viaje. En este momento mis vecinos se enteran de las noticias del día y algunos hasta llevan su periódico comprado, no el gratuito. No importa qué tipo de texto se lea o en cuál aparato, a veces hay alguno que lee sobre el hombro lo que su vecino lleva en las manos. Al bajarse en su estación la mayoría arrojará el papel fugaz en una gran caneca de reciclaje que el mismo impresor ha ubicado junto a los dispensadores donde otro viajero entrando al sistema toma un nuevo periódico.

Libros, teléfonos, tablets, periódicos. Son una forma de aislamiento de los vecinos y el vecindario en el metro. Como también lo es el uso de audífonos que reproducen la música preferida. Pareciera que algunos viajeros tuvieran esta filosofía:

Nada me interrumpirá ni me distraerá si llevo mi sonido personal que disimula el exterior, aunque si usted que está a mi lado, y no lleva otros artilugios que lo aíslen yo, sin preguntarle, lo incluiré en mi ruido. El volumen de mis audífonos es suficiente para obligarlo a usted, muy cerca de mí, a que haga parte de mi mundo estridente.

Aunque la invitación no es solo para el vecino inmediato. A dos o tres filas de distancia mi oído alcanza a escuchar, con distorsión, la banda sonora del mundo privado de un joven y también sin preguntarme me incluye a mí en su vida.

Oigo diferentes idiomas a medida que el tren avanza y se detiene repetidas veces. No reconozco hablar en español y pienso, ingenuo como un novato, que si lo hablara en realidad nadie me entendería. Los suecos son personas dadas a aprender otros idiomas y lo hacen con pasmosa facilidad. Ellos mismos dicen que su idioma, que nadie más sabe, los obliga a aprender muchos otros para poder comunicarse con el resto del mundo. Así que no solo algún otro nativo hispanohablante puede entender mi eventual conversación privada. También pueden hacerlo muchos de los suecos, si hasta alguna vez vi a algún pasajero del metro con sus fotocopias repasando la lección del idioma de Cervantes. También la mujer anciana que pide monedas. Es sueca pero si lo necesita exige limosna en inglés y español, por lo menos. Los suecos pueden establecer una barrera de aislamiento a través de su idioma con relativa facilidad. A nosotros nos queda algo más difícil hacerlo por ese medio.

Todos estos pensamientos se esfuman cuando veo entrar a un hombre con un perro. No es un invidente y su mascota no parece ser de asistencia. Es simplemente su compañero, que va debidamente enlazado y parece ser muy obediente. El hombre toma puesto en uno de los extremos del vagón y de inmediato una mujer que estaba sentada casi al lado, se levanta y busca otro lugar. Por el vestuario la mujer podría ser practicante del islamismo, religión que considera impuros a los perros. Puede ser que esa haya sido la razón, o simplemente que les tiene miedo a o que sintió temor que este la atacara o se le lanzara encima en algún momento de euforia. Durante todo su trayecto el perro se portó juicioso, estuvo sentado al lado de su amo (en el suelo del vagón, no en la silla) y nadie más se acercó a buscar sentarse cerca de ellos. No había muchos pasajeros y los que abordaban podían encontrar silla en otra zona. Habría que ver qué sucedería con el metro lleno. Tal vez el dueño del animal no usaría el transporte en hora pico (pero he visto perros en trenes repletos). Tal vez, solo podremos hacer conjeturas. Al llegar a la estación Kista, la única de esta línea sobre la superficie, las demás son subterráneas, la mascota y su amo descienden del metro. Toman la dirección que los hará salir a través del centro comercial lo cual me hace ver que tampoco tendrá problema con los pocos vigilantes que hay allí. Es ese centro comercial donde la mañana de un día cualquiera hubo un asalto a una joyería y los ladrones huyeron sin ser alcanzados por la policía. Fue desde ese momento que empecé a ver unos ingenuos vigilantes caminando aburridos los pasillos y en algunos casos, distraídos jugando con sus teléfonos o hablando con otro colega. La vigilancia hace presencia pero parece no ser muy maliciosa. Me gusta este país porque aún se encuentra ingenuidad en cualquier lugar. Pero la confianza mató al gato y no debo olvidar del todo la prevención que traigo desde Bogotá. A veces leo los periódicos locales y encuentro notas sobre asaltos, escapes, persecuciones, homicidios, abusos. En cualquier lugar del país, en cualquier ciudad. Los delitos no son solamente cometidos por inmigrantes como fácilmente se podría creer. No hay que negar, sin embargo, que el malicioso que llevamos dentro, no solo los colombianos sino la gente de más de la mitad del planeta, encuentra muchas opciones de infringir la ley. Parece estar en nuestro ADN detectar esas opciones así escojamos la opción de no aprovecharlas.

En esta estación, Kista, el tren se desocupa cuando en la ciudad es la hora de ingreso al trabajo o a la universidad. Ha venido recolectando pasajeros a lo largo de la línea pero la gran mayoría descienden acá. He estado dentro del centro comercial cuando acaba de llegar un tren en hora de alto tráfico y es un río de gente el que sale por la puerta de la estación a los pasillos. Caminar hacia el metro en esos momentos es como lo que debe sufrir un salmón cuando va contra la corriente. Aunque todas esas personas que se bajan del metro tienen que tomarlo de nuevo, en la tarde no se presenta ese flujo tan intenso. Poco a poco van llegando a la estación y abordan su tren, a lo largo de un par de horas. Pero cuando los vagones escupen sus pasajeros es mejor no enfrentarlos. Hoy no hago parte de ninguno de los bandos porque permanezco sentado en mi vagón, voy en hora de bajo tráfico y esperaré las dos estaciones que faltan para bajarme a tomar las fotos que motivan mi viaje.

07 febrero 2012

De ida y vuelta. Viaje por el metro de Estocolmo (segunda de cinco partes)

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Claudia ya ha pagado el tiquete para el metro. En realidad pagó por un mes. Fue en la sencilla tienda Pressbaren y allí mismo se puede hacer la recarga de las tarjetas de acceso para el mes siguiente. Hay muchas formas y lugares donde se pueden adquirir los tiquetes del metro. Es posible comprarlos bajo muy diversos esquemas de precio con ahorro por compra anticipada hasta por un año, para estudiantes, ancianos y con planes especiales para turistas por 1 a 3 días. Existe, por supuesto, una máquina que expide tiquetes y tarjetas en ausencia de humanos pero un pequeño detalle técnico de la tarjeta del banco colombiano la hace inútil para nosotros. A la presencia del plástico azul las puertas deslizantes que han ido remplazando los viejos torniquetes dan paso a la larga escalera eléctrica que casi siempre bajo caminando mientras la cinta se desplaza. Es aburrido esperar una escalera que toma casi un minuto en hacer su recorrido.  En otras ocasiones las bajo casi corriendo, cuando los avisos en la entrada me indican que está por llegar mi tren. Para facilitar esos movimientos de último momento los suecos se ubican siempre al lado derecho de la escalera mientras bajan. Así alguien puede adelantarlos por su izquierda si tiene más prisa. Es verdad que usualmente no tengo afán pero otras veces llevo el tiempo medido para encontrarme con alguien y en las horas de poco tráfico en el día esperar el siguiente tren toma hasta 11 minutos. Tarde en las noches pueden ser 20 o más. El hecho es que hoy llego y alcanzo a sentarme en la banca de madera. Otras estaciones tienen bancas de concreto, frías e incómodas para largas esperas. En mi memoria estaba un recuerdo, posiblemente inventado como muchos otros, donde estas bancas tenían calefacción años atrás, cuando vine por primera vez a esta ciudad. En todo piensan estos suecos, hasta en calentar el jopo en las estaciones de Tunnelbana. En el viaje de este año encontré las mismas bancas en la plataforma azul de T-Centralen pero algunas estaban frías. Otras sí dan calorcito mientras, por ejemplo, en las madrugadas se espera por casi media hora el siguiente tren. Al fin de cuentas no resultó tan inventado el recuerdo.

Hay dos tipos de vagones en el metro de Estocolmo y los trenes van con unos o con otros. Todos son azules, no importa la línea por la que se desplacen, identificadas con diferentes colores. Hay unos que se notan bastante viejos, cortos y cuadrados. Otros más modernos, mucho más largos. Ambos son sencillos, sin lujos y generalmente limpios. Las sillas se organizan en dos pares de filas separadas por el pasillo. No todas apuntan en la misma dirección sino que se alternan, de tal forma que siempre verás a la cara al pasajero en frente, a diferencia del transporte de mi ciudad donde siempre le vemos la nuca a la persona de adelante y vamos todos viendo hacia la misma dirección en la que se dirige el bus. Los vagones modernos tienen nombres. La mayoría son de mujeres y no se repiten. Una forma de identificarlos en vez de usar la opción más inmediata que son los números, usada para identificar los vagones más viejos aunque los nuevos también los tengan.

En la plataforma de abordaje también está el aviso que indica cuál es el destino de los próximos trenes y cuánto tiempo falta para su paso. Esta información es útil en especial cuando por el mismo riel pasan trenes con diferente destino que se abordan desde la misma plataforma, algo común y que hace un mejor uso de recursos. El tren también lleva un aviso indicándolo y los altavoces informan el destino (en idioma sueco, por supuesto) cuando el tren está llegando a la estación. Cualquier distracción y el pasajero terminará en una línea que no lo lleva a su estación de descenso sino que deberá bajarse, devolverse a una estación de intercambio y conectar a la ruta correcta. O tal vez tome la línea correcta pero en la dirección equivocada. El hecho es que a la plataforma arriba el metro, con vagones viejos, en dirección a Akalla. Los pasajeros se alistan y se acomodan frente a las puertas. Éstas se abren y ordenadamente salen primero quienes van a dejar el tren en esta estación para luego subir los que estamos abajo. Los pasajeros se distribuyen en las sillas vacías, algunos prefieren ir de pie porque se bajarán en una estación cercana. Las mujeres que llevan los coches de bebé los acomodan frente a su puerta de entrada, donde hay otra puerta, y se van de pie junto a él. Antes que el tren reinicie su camino debo mencionar las obras de arte que adornan muchas de las estaciones del metro de Estocolmo. En la mía el tema es sobre las construcciones y artefactos que pudieron haberse encontrado en la isla de Kungsholmen en diferentes épocas históricas. Mi viaje de hoy me lleva hasta el final de esta línea a ver y fotografiar los murales en la estación de Akalla. Aunque sea la ruta que tomo con más frecuencia, esta vez no bajaré en Kista sino dos estaciones más allá.  En otro momento recorreré toda la línea tomando fotos de las estaciones y su arte.

Cuando me siento en la silla del metro, lo que llama primero mi atención es lo diverso del físico de sus pasajeros. Es obvio que hay en el sistema muchos suecos con biotipo prototípico de rubio y ojos claros, algo que cambia a medida que la estación se hace más periférica. Aunque hay que aclarar que un buen número de nativos no son rubios lo cual hace a las mujeres más hermosas con sus ojos claros y el cabello oscuro. Sabe uno que hay inmigrantes o suecos descendientes de inmigrantes con solo ver su fisonomía, su peinado, su vestuario, estatura y algunos otros rasgos evidentes. Los comportamientos y costumbres de cada grupo inmigrante o local también se hacen notar rápidamente. La conversación, el volumen de la voz, las risas o su ausencia. Son lenguajes no verbales que más allá de los distintos idiomas hacen más que evidentes las diferencias.  Hay, sin embargo, algo que une a todos los grupos: la conexión permanente a través de algún dispositivo móvil. La sociedad interconectada se hace manifiesta en un medio de transporte donde la seguridad se da por sentada y es normal que los ciudadanos exhiban sin preocupación su teléfono celular, su tablet o incluso su computador portátil alguna que otra vez.  Los pasajeros revisan correo en sus teléfonos, se conectan a internet o leen un libro en algún lector electrónico. A veces hasta se hacen o reciben llamadas. Es, entonces, normal que muchas cabezas vayan gachas. Veo a los pasajeros conectados en esta posición y recuerdo a las abuelitas cosiendo y bordando, concentradas en la labor que está en su regazo y portando a veces con la joroba que les ha causado esa rutina de tantos años. 

06 febrero 2012

De ida y vuelta. Viaje por el metro de Estocolmo (primera de cinco partes)

De ida y vuelta
Viaje por el metro de Estocolmo

A Clauz. Sin ella esto no hubiera sido posible y nunca hubiera sido tan bueno como fue



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Nevó buena parte de la madrugada y el exterior está cubierto con una suave alfombra blanca. Me dirijo desde nuestro apartamento a la estación Rådhuset, la más cercana del Tunnelbana, el metro de Estocolmo. Alguna vez cronometré el tiempo que toma ir hasta allí. Fueron poco más de ocho minutos. De ese tiempo alrededor de 3 minutos transcurren desde la boca de la estación, en la calle, hasta que termino de sumergirme en el manto rocoso por donde se mueven estas serpientes y alcanzo la plataforma. Estas cuentas, junto con los precisos y respetados horarios de llegada de los trenes a cada estación, me permitirían calcular la hora exacta a la que debería salir para estar subiendo al vagón sin esperar casi nada y llegar puntual a mi destino. Pero el ritmo de vida que llevo no me obliga a esos estrictos horarios y puedo darme ciertos lujos y esperar en estaciones o aguardar a la persona con la que voy a encontrarme mientras se da la hora exacta.

Mi estación habitual no es una de las importantes. No sirve para hacer conexiones, no es de muy alto tráfico. Aunque sí tiene una sucursal de Pressbyrån, una cadena de tiendas de comodidad (convenience stores) que ubica al menos un local en cada estación de metro, excepto en muy pocas. La de mi estación está por la otra salida, la que yo casi nunca uso. En mi lado hay una tienda cualquiera que se hace llamar Direkten Pressbaren. No puedo decir que sea de las estaciones más insignificantes porque hay algunas que tienen entrada por uno solo de sus extremos y no tienen un Presbyrån. La mía, al menos, tiene salida por ambos lados. Solo pasa la línea azul, pero con dos destinos en una de sus direcciones, es decir comparten parte del trayecto pero en una estación abren sus caminos con finales diferentes. En algunas otras solo pasa una línea con un destino en cada extremo y nada más. Cerca de mi apartamento también está la más grande de las estaciones: T-Centralen. Tal vez por eso mismo, por grande, concurrida, céntrica y a veces sucia, prefiero utilizar la otra para mis salidas y llegadas. Hay una entrada a T-Centralen que me obliga a una caminata más larga hasta la plataforma pero por la cual me expongo menos al aire libre. Puedo llegar haciendo conexiones a través de las estaciones principales de buses y trenes de cercanías, con puertas más cerca de mi sitio. Aun así, prefiero la estación pequeña. Tal vez el clima no ha tenido la rudeza suficiente para hacerme dudar porque, en realidad, el invierno ha sido suave según cuentan los suecos. Aunque hace poco descubrí el camino a otra entrada de la estación central que me lleva directo a las plataformas de la línea azul. Me toma casi el mismo tiempo llegar a la plataforma que los 8 minutos a Rådhuset, un poco menos, pero cruza por un lugar que no huele bien. Y tal vez el beneficio en tiempo no es tanto.

Esta ciudad está construida de tal manera que hay algunas formas de evitar exponerse al clima despiadado y es a través de túneles, edificios, almacenes, por los cuales uno puede pasar bajo techo y con calefacción. Pero siempre habrá sitios o momentos en que se camina a cielo abierto. Así voy hoy, consumiendo los cinco minutos que el reloj me ha dicho me demoro atravesando calles y recorriendo aceras mientras me dejo cautivar a cada paso por el crujido de la nieve fresca bajo mis botas. En unas horas los cristales ahora esponjosos se convertirán en un bloque único de hielo resbaladizo, o en un lodo oscuro y poco atractivo en las zonas de tráfico de personas o vehículos.  Cruzo a la isla de Kungsholmen, pronto llego a la boca que me traga y me dirijo a buscar la línea 11, dirección Akalla. Antes de en verdad llegar a la estación y sus controles de entrada debo caminar por uno de esos túneles que mencionaba, y que desemboca en otra entrada al sistema de transporte varias calles más al sur. Al túnel he llegado bajando unas cortas escaleras fijas. Las eléctricas son, en este caso, solo para subir. Como en muchos lugares de esta ciudad, existe la ayuda para que las mamás con sus coches bajen o suban estas escaleras tradicionales. Dos rampas han sido construidas sobre los peldaños para que las rueditas de los coches puedan deslizarse. En medio están los escalones por donde sube o baja la mamá o el papá. Estas facilidades también las aprovechan quienes llevan carga en esas carretillas de dos ruedas o los carteros que llevan la correspondencia caminando mientras arrastran sus carritos. En muchos otros lugares de Estocolmo encuentro rampas similares para que los ciclistas suban o bajen sus máquinas sin tener que echárselas al hombro y llenar de barro sus trajes.

El túnel presenta un leve declive descendente que termina frente a las puertas de la estación y poco a poco sube de nuevo hacia la otra salida de donde surgen un par de niños con sus “tablas” (monopatines, patinetas en otras épocas). Aprovechando el suelo liso y la inclinación los niños se lanzan cuando no hay transeúntes. O cuando los hay. Desde mi entrada al túnel es más corto el trayecto que pudiera usarse como patinódromo pero en cualquiera de los dos lados el túnel tiene atravesadas unas puertas de marco metálico más bien estrechas que le limitan el área útil. Allí es muy fácil estrellarse contra los viajantes de a pie. O contra las mismas puertas. Aun así, hoy los patinadores disfrutan de las condiciones físicas de la estación. En la mitad del túnel, frente a la mini tienda y el restaurante eritreo, llego a las ruidosas puertas automáticas que me dan el paso deslizándose al llegar frente a ellas. Debo casi tocarlas porque los sensores no están calibrados para abrir desde muy lejos. Así no se mueven sin necesidad cuando alguien pase frente a ellas pero sin intención de entrar. Como los patinadores, por ejemplo.

Claudia ya ha pagado el tiquete para el metro. En realidad pagó por un mes. Fue en la sencilla tienda Pressbaren y allí mismo se puede hacer la recarga de las tarjetas de acceso para el mes siguiente. Hay muchas formas y lugares donde se pueden adquirir los tiquetes del metro. Es posible comprarlos bajo muy diversos esquemas de precio con ahorro por compra anticipada hasta por un año, para estudiantes, ancianos y con planes especiales para turistas por 1 a 3 días. Existe, por supuesto, una máquina que expide tiquetes y tarjetas en ausencia de humanos pero un pequeño detalle técnico de la tarjeta del banco colombiano la hace inútil para nosotros. A la presencia del plástico azul las puertas deslizantes que han ido remplazando los viejos torniquetes dan paso a la larga escalera eléctrica que casi siempre bajo caminando mientras la cinta se desplaza. Es aburrido esperar una escalera que toma casi un minuto en hacer su recorrido.  En otras ocasiones las bajo casi corriendo, cuando los avisos en la entrada me indican que está por llegar mi tren. Para facilitar esos movimientos de último momento los suecos se ubican siempre al lado derecho de la escalera mientras bajan. Así alguien puede adelantarlos por su izquierda si tiene más prisa. Es verdad que usualmente no tengo afán pero otras veces llevo el tiempo medido para encontrarme con alguien y en las horas de poco tráfico en el día esperar el siguiente tren toma hasta 11 minutos. Tarde en las noches pueden ser 20 o más. El hecho es que hoy llego y alcanzo a sentarme en la banca de madera. Otras estaciones tienen bancas de concreto, frías e incómodas para largas esperas. En mi memoria estaba un recuerdo, posiblemente inventado como muchos otros, donde estas bancas tenían calefacción años atrás, cuando vine por primera vez a esta ciudad. En todo piensan estos suecos, hasta en calentar el jopo en las estaciones de Tunnelbana. En el viaje de este año encontré las mismas bancas en la plataforma azul de T-Centralen pero algunas estaban frías. Otras sí dan calorcito mientras, por ejemplo, en las madrugadas se espera por casi media hora el siguiente tren. Al fin de cuentas no resultó tan inventado el recuerdo.

18 enero 2012

Paseo fotográfico por el Metro de Estocolmo (T-Bana)

Fotos de algunas de las obras de arte de algunas de las estaciones del T-Bana. No es un recuento exhaustivo, solo una muestra de la exposición de arte más larga del mundo. Encuentra primero el nombre e la estación y enseguida las fotos correspondientes.

Photos of some of the artworks of some of the T-Bana stations. It is not an exhaustive account, only a sample of the longest art exhibition in the world. You will first find the name of the station and then corresponding photos.





Recuerde que además de estas entradas encontrará más a través de los links de Ruidos Archivados