27 agosto 2012

Ruidos

Es un día entre semana y por el cielorraso del baño se escucha el flujo de agua de la ducha del vecino del quinto piso. Poco antes han sonado la cisterna  y el agua del inodoro escapando presurosa y sorprendida. Sin mirar el reloj, calculo que deben faltar diez minutos para las cinco de la mañana. Estiro mi brazo y tomo mi teléfono solo para confirmar la hora. Los sonidos alrededor de mi cama en las madrugadas tienen la secuencia que me permite calcular con bastante exactitud la hora en que despierto o la qué es después de estar un rato largo sin dormir en la oscuridad de la madrugada bogotana. A veces hay sonidos inesperados que desajustan este plan exacto. Como cuando una ocasión nos sorprendió Canela ladrando en la plazoleta, pocos minutos antes de las cinco. La plazoleta es pequeña y está rodeada de edificios de nueve pisos y los ladridos de Canela resuenan con estruendo en el silencio de la fase menos profunda del sueño de muchos de nosotros. Los cientos de ojos de los edificios empezaron a abrir sus párpados e iluminarse  después el abrupto despertar. Aparte de esos eventos fuera de la tendencia habitual, los sonidos de mi vecindario pueden ser usados para estimar la hora de la noche. El canto de los pájaros, las llantas de los carros, el agua del vecino. O el mismo silencio. A medida que el tiempo avanza durante la noche los sonidos van sucediéndose con una predecible rutina como en un relevo militar. Los fines de semanas hay cambios en el guion, de tiempo y de contenido, porque nuevos sonidos atraviesan los jirones de noche que han caído, oscuros, unas horas atrás.


Cantan los pájaros, desde las cuatro. Ellos no saben de sábados ni domingos. Poco a poco aumenta la intensidad de su sonido y así me van mostrando como los minutos se adelantan unos a otros. Lo que sí me permiten los fines de semana es oírlos por más tiempo antes que su canto quede sepultado por las ruedas de los automóviles y otros sonidos de la vida humana antes que salga el sol. Hubo una época, hasta comienzos de este año, en que a las 5:37 (minutos más, minutos menos) pasaba de norte a sur el tren que llevaba cemento de Argos. A menos de treinta metros de mi ventana está la vía del tren y entre su escaso movimiento estaba el tren cargado con bultos de papel kraft llenos de cemento. Cada vagón llevaba su carga encarrada con perfección y cubierta con una gran lona verde que protegiera el producto de la lluvia y, a esas horas, del abundante rocío. Y a veces, o siempre no sé, un personaje en el último vagón, envuelto en ruanas y bufandas para soportar el frío de las primeras horas sabaneras. Poco más de una hora más tarde el tren iba de regreso a Belencito, con sus plataformas vacías, un paquete amorfo cubierto por la lona verde con, tal vez, los sacos que se rompieron y derramaron y van de regreso a la planta. Al anochecer volvía a pasar el mismo tren con la misma carga y de la misma forma al rato iba de regreso. Hace varios meses dejó de pasar el tren del cemento. Cuando lo oía venir y los timbres de la señales de advertencia para los carros empezaban a sonar sabía que, aunque el despertador del reloj hubiera dejado de sonar hacía rato, ya era el momento de levantarme. Los maquinistas hacían sonar también su sirena pero cuando, apenas amaneciendo, el tren llegaba cargado, trataban de ser cuidadosos y hacer poco ruido para no despertar al vecindario. Eso siempre y cuando no hubiera un peatón o un conductor imprudente que amenazara cruzar las vías sin percatarse de la mole que se acercaba. Ahí la sirena era continua y estridente. El barrio se había despertado ya. Como cuando Canela ladraba.

Desde hace poco ha vuelto a pasar algunos días un tren a las 5:40. Me levanto a ver si vuelve el tren del cemento pero es un tren de pasajeros, vacío, que seguramente se dirige a recibir viajeros en el recorrido del Tren de la Sabana, el que antes iba a Nemocón y ahora a Zipaquirá. A veces pasa la “mesita” del tren, ese pequeño carrito amarillo que lleva trabajadores y algunos elementos para mantenimiento de vías. Su sirena es tan ruidosa como la del tren más largo, grande y pesado. Cada vez que pasa el tren, no importa la hora, no solo se oye su sirena y el timbre de la señal de advertencia sino el silbato del operador de las varas que interrumpen el tráfico. En la avenida frente a mi apartamento, de dos calzadas, una de las varas fue destruida durante una noche de hace meses por algún conductor distraído. Hoy sigue estando inutilizada y el operador de las señales debe interrumpir el tráfico él mismo y contribuir al concierto con su silbato.

Otro ruido programado que ha dejado de suceder tenía que ver con una de las calderas de la clínica al otro lado de la carrilera. A las 7, sin importar que fuera fin de semana, algún operario liberaba el exceso de presión de la caldera haciendo un fuerte ruido. Me tomó varios meses entender de dónde venía el ruido hasta que finalmente lo ubiqué. El ruido se repetía varias veces al día, a intervalos regulares, hasta las 7 de la noche. Después de una construcción hecha en el terreno de la clínica no volvió a escucharse sino muy de vez en cuando.

Tengo una teoría reciente sobre el vecino que abre la ducha antes de las cinco. Me ha parecido que hace eso la mitad de los días, alternándolos, como en ‘pico y placa’. Si llego a establecer el patrón de baño de madrugada podré confirmar los días en que su vehículo tiene restricción. Si conociera a mis vecinos podría simplemente subir y preguntarle. Pero no sé quiénes viven allá, solo sé que son ruidosos, parten la panela en el piso de la cocina, a veces muy a las 6 AM, que tienen muebles grandes y pesados que hacen estruendo al arrastrarlos (los mueven mucho, es increíble) y que a veces hacen ruido con los zapatos tarde en las noches al acostarse. ¿Qué dirán de mí los del 302? Que dejo caer monedas en las noches (las que salen de los pantalones al irlos tirando por ahí), que arrastro los pies, que en las mañanas y a veces tarde en las noches muelo el café con un aparato ruidoso; si se acercaran en ese momento podrían oler el grano recién molido y la bebida recién colada. Y, por supuesto, dirían que me levanto faltando diez para las cinco a soltar el agua de la cisterna.

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