29 agosto 2012

Compasión, diferencia y sueños: sobre eventuales diálogos


Lo que me llama la atención de la nueva restricción vehicular bogotana es el intento de pensar diferente y plantear soluciones distintas. Aunque muchos quieran mantenerse en el anterior o empeorarlo porque se resisten al doloroso cambio. Y sí que lo estamos padeciendo todos.

Es lo mismo que me interesa encontrar en esta apenas incipiente posibilidad de un eventual diálogo con las guerrillas (¿Se nota mi escepticismo acera de un asunto aún gaseoso y vago?). Una posibilidad nueva una exploración seria porque la anterior estuvo cerca de alcanzar su objetivo pero no se ha logrado aún. "No esperes resultados diferentes haciendo lo mismo". Tal vez buscando otras rutas lleguemos adonde queremos. Sueño con que mi país viva tranquilo, con los problemas "normales" de otros países. Aunque estoy convencido que la guerrilla no es más que un conjunto de signos y síntomas sobre algo más profundo.

Aunque dude de manera categórica que la guerrilla luche por los desposeídos, eso no me impide ver que estamos en un país desigual, donde los ricos tienen mucho y los pobres nada. Un país donde los empleadores buscan con frecuencia explotar y aprovecharse del empleado. Donde el empleado y el empleador ven el tener trabajo como un favor que el dueño del capital hace a los otros. Un país donde somos individualistas en extremo. Donde ser mayor de 35 te hace viejo para muchas posibilidades laborales.

Me aterra pensar que el "establecimiento" pueda ver cualquier tipo de logro como una victoria. Y me atemoriza eso porque ya vivimos en un país donde los privilegiados parecen ser miembros de las cortes europeas del siglo XVII. Los que han logrado el poder piensan en su beneficio y actúan en ese sentido. Los demás somos simplemente una masa que produce para que ellos se hagan más ricos. Los gobernantes no buscan mejorar a la gran mayoría sino ordenar los eventos en su beneficio. Como ejemplo la reciente reforma a la justicia donde los tres poderes se amangualaron para recompensarse mutuamente. Y si ahora se comportan así, cuáles derechos podrán otorgarse al considerarse vencedores. Una vez más, como el rey vencedor de una batalla y con derecho a la apropiación del botín.

Y que sea claro que no apoyo un triunfo de la guerrilla porque allá en su mundo propio, en su burbuja, los comandantes son como nuestros gobernantes. Buscan solo el beneficio propio.

¿Estará preparado el país para un verdadero proceso de paz que conduzca a mediano plazo a reducir la brecha social? ¿Estamos preparados para que tengamos que pagar más impuestos para alcanzar logros sociales que beneficien a todos? ¿Estamos preparados para ceder a nuestros privilegios, a que nuestros sueldos se reduzcan o se aumenten los de nuestros subalternos para que un gerente de compañía no gane 50 o más veces lo que gana el operario? ¿Estaremos preparados para reconocer a quienes nos atienden como iguales y no como siervos? ¿Podrá cualquier colombiano contar con la cabeza en alto cuál es su trabajo sin temor a que lo excluyan? ¿Podremos dejar de calificar a los otros de tal forma que no resulte una frase como "yo soy mejor que usted"?

Me pongo a pensar en la complejidad del trabajo que tenemos que hacer para acortar  esas diferencias y me asusto. Con o sin guerrillas es el proceso de reconciliación que debemos lograr. Honestamente hoy veo imposible o muy lejano ese sueño. Tal vez porque estamos tratando de alcanzar por el camino que no es.

El proceso de negociación que nos están pintando (sin haber nada claro aún) requerirá la participación de todos los afectados por la violencia. Es decir de todos. Pero no podemos ir como una masa manifestar las opiniones y lo que esperamos y exigimos.  Debemos segmentar esa masa en cada uno de los grupos de interés, de los sectores que deberían ir a manifestarse o a llevar al menos su "memorial de agravios". ¿Saldremos en decenas de grupitos cohesionados a levantar la voz y el puño? Y regreso al tema de la individualidad. No estamos familiarizados con el concepto de lo colectivo.

Yo pienso que ese es el primer objetivo que deberíamos lograr. Crear un espíritu de colectividad y compasión donde lo que le pase al otro me importe, pero de verdad. Donde no solo sea decir "pobrecito" sino que tengamos los mecanismos sociales para socorrer al pobrecito y ayudarlo a regresar al estado que estaba antes de su desgracia.

Compasión colectiva. Un estado que trabaje para todos y no para los reyezuelos. Y que cada uno obtenga lo que desee y logre sin aplastar al otro. Donde las diferencias se reconozcan y se respeten. Donde una mujer valga lo mismo que un hombre o un homosexual. Un estado que valore la diferencia y los contrarios se enfrenten a través de la dialéctica para seguir siendo contrarios pero mejores cada uno.

Comencé hablando del pico y placa y terminé hablando de la compasión y la diferencia y de mis sueños de país. Tal vez antes que organizar todo lo que dije deberíamos es, más bien, buscar un sueño más o menos común que nos permita a todos remar para el mismo lado.

27 agosto 2012

Ruidos

Es un día entre semana y por el cielorraso del baño se escucha el flujo de agua de la ducha del vecino del quinto piso. Poco antes han sonado la cisterna  y el agua del inodoro escapando presurosa y sorprendida. Sin mirar el reloj, calculo que deben faltar diez minutos para las cinco de la mañana. Estiro mi brazo y tomo mi teléfono solo para confirmar la hora. Los sonidos alrededor de mi cama en las madrugadas tienen la secuencia que me permite calcular con bastante exactitud la hora en que despierto o la qué es después de estar un rato largo sin dormir en la oscuridad de la madrugada bogotana. A veces hay sonidos inesperados que desajustan este plan exacto. Como cuando una ocasión nos sorprendió Canela ladrando en la plazoleta, pocos minutos antes de las cinco. La plazoleta es pequeña y está rodeada de edificios de nueve pisos y los ladridos de Canela resuenan con estruendo en el silencio de la fase menos profunda del sueño de muchos de nosotros. Los cientos de ojos de los edificios empezaron a abrir sus párpados e iluminarse  después el abrupto despertar. Aparte de esos eventos fuera de la tendencia habitual, los sonidos de mi vecindario pueden ser usados para estimar la hora de la noche. El canto de los pájaros, las llantas de los carros, el agua del vecino. O el mismo silencio. A medida que el tiempo avanza durante la noche los sonidos van sucediéndose con una predecible rutina como en un relevo militar. Los fines de semanas hay cambios en el guion, de tiempo y de contenido, porque nuevos sonidos atraviesan los jirones de noche que han caído, oscuros, unas horas atrás.


Cantan los pájaros, desde las cuatro. Ellos no saben de sábados ni domingos. Poco a poco aumenta la intensidad de su sonido y así me van mostrando como los minutos se adelantan unos a otros. Lo que sí me permiten los fines de semana es oírlos por más tiempo antes que su canto quede sepultado por las ruedas de los automóviles y otros sonidos de la vida humana antes que salga el sol. Hubo una época, hasta comienzos de este año, en que a las 5:37 (minutos más, minutos menos) pasaba de norte a sur el tren que llevaba cemento de Argos. A menos de treinta metros de mi ventana está la vía del tren y entre su escaso movimiento estaba el tren cargado con bultos de papel kraft llenos de cemento. Cada vagón llevaba su carga encarrada con perfección y cubierta con una gran lona verde que protegiera el producto de la lluvia y, a esas horas, del abundante rocío. Y a veces, o siempre no sé, un personaje en el último vagón, envuelto en ruanas y bufandas para soportar el frío de las primeras horas sabaneras. Poco más de una hora más tarde el tren iba de regreso a Belencito, con sus plataformas vacías, un paquete amorfo cubierto por la lona verde con, tal vez, los sacos que se rompieron y derramaron y van de regreso a la planta. Al anochecer volvía a pasar el mismo tren con la misma carga y de la misma forma al rato iba de regreso. Hace varios meses dejó de pasar el tren del cemento. Cuando lo oía venir y los timbres de la señales de advertencia para los carros empezaban a sonar sabía que, aunque el despertador del reloj hubiera dejado de sonar hacía rato, ya era el momento de levantarme. Los maquinistas hacían sonar también su sirena pero cuando, apenas amaneciendo, el tren llegaba cargado, trataban de ser cuidadosos y hacer poco ruido para no despertar al vecindario. Eso siempre y cuando no hubiera un peatón o un conductor imprudente que amenazara cruzar las vías sin percatarse de la mole que se acercaba. Ahí la sirena era continua y estridente. El barrio se había despertado ya. Como cuando Canela ladraba.

Desde hace poco ha vuelto a pasar algunos días un tren a las 5:40. Me levanto a ver si vuelve el tren del cemento pero es un tren de pasajeros, vacío, que seguramente se dirige a recibir viajeros en el recorrido del Tren de la Sabana, el que antes iba a Nemocón y ahora a Zipaquirá. A veces pasa la “mesita” del tren, ese pequeño carrito amarillo que lleva trabajadores y algunos elementos para mantenimiento de vías. Su sirena es tan ruidosa como la del tren más largo, grande y pesado. Cada vez que pasa el tren, no importa la hora, no solo se oye su sirena y el timbre de la señal de advertencia sino el silbato del operador de las varas que interrumpen el tráfico. En la avenida frente a mi apartamento, de dos calzadas, una de las varas fue destruida durante una noche de hace meses por algún conductor distraído. Hoy sigue estando inutilizada y el operador de las señales debe interrumpir el tráfico él mismo y contribuir al concierto con su silbato.

Otro ruido programado que ha dejado de suceder tenía que ver con una de las calderas de la clínica al otro lado de la carrilera. A las 7, sin importar que fuera fin de semana, algún operario liberaba el exceso de presión de la caldera haciendo un fuerte ruido. Me tomó varios meses entender de dónde venía el ruido hasta que finalmente lo ubiqué. El ruido se repetía varias veces al día, a intervalos regulares, hasta las 7 de la noche. Después de una construcción hecha en el terreno de la clínica no volvió a escucharse sino muy de vez en cuando.

Tengo una teoría reciente sobre el vecino que abre la ducha antes de las cinco. Me ha parecido que hace eso la mitad de los días, alternándolos, como en ‘pico y placa’. Si llego a establecer el patrón de baño de madrugada podré confirmar los días en que su vehículo tiene restricción. Si conociera a mis vecinos podría simplemente subir y preguntarle. Pero no sé quiénes viven allá, solo sé que son ruidosos, parten la panela en el piso de la cocina, a veces muy a las 6 AM, que tienen muebles grandes y pesados que hacen estruendo al arrastrarlos (los mueven mucho, es increíble) y que a veces hacen ruido con los zapatos tarde en las noches al acostarse. ¿Qué dirán de mí los del 302? Que dejo caer monedas en las noches (las que salen de los pantalones al irlos tirando por ahí), que arrastro los pies, que en las mañanas y a veces tarde en las noches muelo el café con un aparato ruidoso; si se acercaran en ese momento podrían oler el grano recién molido y la bebida recién colada. Y, por supuesto, dirían que me levanto faltando diez para las cinco a soltar el agua de la cisterna.

24 agosto 2012

Yo soy mejor que usted

Aquellos que apoyan con vehemencia proyectos de igualdad entre seres humanos, los que buscan abatir las barreras de desigualdad y segregación pueden fácilmente caer en un comportamiento igual de reprochable: considerarse superiores moralmente a los que pretenden usufructuar y mantener la diferencia o a los que no hacemos nada. Creerse mejores personas, más merecedores de algo, tener derecho a juzgarnos a los otros. Es fácil caer en el supremacismo. De alguna forma nos consideramos mejores a otros, de la misma forma que Hitler y sus arios se consideraron con más derecho que otros grupos.

Mi música es mejor que la suya: tengo derecho a criticarla juzgarla e incluso a insultarlo a usted por sus gustos y su desconocimiento. "La buena música no es para todos", leí hoy en twitter. Y lo leí a través de un retweet de una persona que aprecio mucho y considero sensata. No la critico sino me veo en ese espejo y a veces me parece un monstruo diferente al bello príncipe que una vez creí ver en el reflejo. Además un retweet no es necesariamente un apoyo a lo que el escritor original dice.

El guisómetro: una especia de escalafón del que leí la otra vez que pretende indicarnos que tan 'guisos' (ordinarios, lobos, de bajo estrato...) somos. Por supuesto, quien se lo inventó considera que él o ella no es guiso. "¡Ni más faltaba! ¡Guisos ellos, no yo!" Yo lo interpreto como "los que valen menos son ellos, no yo. Los ordinarios son ellos, no yo." Ellos ordinarios, yo extraordinario.

Y ver a gente que uno respeta y sabe inteligente caer en esa discriminación no me hace sino pensar. Este mismo escrito es una forma prepotente de ver que ellos están equivocados y yo soy un poco más iluminado y puedo ver los defectos que ellos no.

¿Es inevitable? Alguna vez alguien decía que si en en un momento dado llegáramos a ser iguales de verdad todos los humanos, pronto encontraríamos la forma de hacernos diferentes y considerarnos mejores que los otros. O como otros dicen: "somos iguales pero yo soy más igual que usted"

De creernos el cuento que somos mejores, a creernos el cuento de que tenemos derecho a imponer nuestro pensamiento, a creernos el cuento de las vías de hecho para hacerlo, y el cuento de desaparecer a los otros porque no merecen existir no hay sino un paso, porque es un camino en descenso que no necesita sino un pequeño impulso. La física hace el resto.

¿Cómo hacemos para eliminar ese fascismo que todos cargamos? ¿Es posible? ¿Vale la pena luchar o es causa perdida?

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Como siempre digo, esto ya lo debió haber pensado alguien antes que yo, con más criterios, más argumentos. Yo no invento: redescubro y reescribo.

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