08 febrero 2013

Siervos y vasallos

Somos sus vasallos. Sus siervos. Aceptémoslo. Ellos esperan que les sirvamos y que les reconozcamos su dignidad. Que trabajemos para ellos y así poder usufructuar el erario en sus gustos y caprichos. Nos lo han hecho ver con el caso de las pensiones escandalosas, con el abuso de ex magistrado y contralora a sus vecinos, con la renovación y concesión leonina de contratos mineros.

Ellos forman nuestra realeza, nuestra nobleza y nuestros señores feudales. Como en el medioevo, los siervos trabajábamos para dar el tributo a nuestros señores. Y ellos tenían derechos sobre nosotros, nuestras vidas, nuestro cuerpo. Por eso debemos soportar que sus 14 escoltas se apropien de los terrenos comunes. Por eso tenemos que aceptar que nuestro edificio es indigno de estar junto a su vivienda y debemos aceptar que lo demuelan. Que por ellos usar uniforme entendamos que tienen el derecho de adaptar la ley a su voluntad y de montar una película (un falso positivo) cuando osamos levantar los ojos y decirles en la cara que el papel dice que ellos no tienen derecho. Pero el papel es pisoteado por nuestra nobleza

Podemos sentirnos en la Europa del 1500 al 1800. Tenemos los palacios construidos con nuestro dinero, las extravagancias de quienes viven aislados de la vida, y la obligación de servir, de prestar vasallaje. Por eso no debes criticar sus caravanas de escolta. No es que la necesiten sino es su forma de mostrarse mejores que nosotros. Por eso debemos aceptar que desocupen los ascensores o los gimnasios para que la gleba no los contamine. Y nunca debemos alzar los ojos. Como en la elevación durante el rito de la iglesia católica (porque ellos también son más que nosotros): de rodillas, contritos, con la mirada al suelo.

Pero Guy de Mompassant nos hizo ver en 'La máscara de la muerte roja' que cuando llegue la peste negra también los alcanzará a ellos.

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Postscriptum: Más tarde de haber publicado este texto leo esta columna del escritor Ricardo Silva Romero. Coincindencialmente habla de esclavitud pero, por supuesto, está mejor escrita.

06 febrero 2013

Nuestra exclusión

Hubo una época en que en este blog se escribía sobre noticias que encontraba por ahí. Ayer leí una de esas que me daba para opinar y reflexionar un poco. Aquí vamos.

Leí esto en TheLocal.se, un periódico on line en inglés con noticias de Suecia. Un rumano que vive en ese país, cansado de pasar hojas de vida sin obtener respuesta, decidió hacer un ensayo. El había oído por ahí el caso en otro país de un extranjero llamado Pablo quien, para tener mejores oportunidades laborales, había cambiado su nombre a Paul en las hojas de vida. Con cierto éxito. Pues este rumano, de nombre desconocido pero al que en la nota llamaron Ovidiu, decidió enviar 40 hojas de vida a posible empleadores en Suecia. en 20 de ellas usó su nombre real y en las otras 20 lo cambió por nombres usuales de suecos. En ninguna puso su país de origen pero en todas incluyó los dos años que había estudiado en Uppsala. Todas las hojas de vida estaban en Sueco e hizo cambio de formato para que no se notara fácilmente que era la misma información en las dos versiones. De las 20 en las que usó su nombre no recibió ninguna llamada ni contacto alguno. De las 20 con nombre sueco recibió 13 llamadas a entrevista.

¡Suecos infames, se las dan de incluyentes y véalos...!, es lo primero que uno puede pensar. Pero alguien por twitter me hizo ver ayer que acá no es tan diferente. Voy a citar lo que me dijo:

Nombre, aspecto y nacionalidad son elementos del "marketing" laboral en un mundo segregacionista.
Un abogado, médico o arquitecto con nombre de jugador chocoano de fútbol siempre será una excentricidad.

Y sin ir más lejos, geográficamente, cuántas veces en los procesos de selección de las empresas de nuestra ciudad se hace un filtro inicial por nombre ("nada de Miyerlandis ni de Bairons"), por barrio, por colegio, por universidad. Y todos somos colombianos, todos tenemos nuestros documentos en regla y no necesitamos pedir permiso de trabajo. Todos hablamos español (más o menos) y nuestra historia es común y la inclusión está prácticamente dada. En teoría. Porque, al comienzo, los temas de conversación de alguien que se graduó en INEM podría ser distinto al de alguien que se gradúa del Andino. Y hay quienes se quedan en esa exclusión cultural o social y solo buscan relacionarse con sus "iguales".

No voy a hablar de lo maravilloso que es el intercambio cultural, que podemos tenerlo con personas de nuestra misma ciudad sin tener que ir hasta Estocolmo o Uppsala. Pero hay gente a la que eso le parece irrelevante si no es para poder decir que estuvo en Amsterdam, en Boston, en París, que la vida allá es una machera y que deberíamos copiarlos. Porque ya no es cool hablar de Italia, Portugal o España porque ahora esos son europeos pobres.

De todo este caso me queda la reflexión sobre esa exclusión nuestra, al estilo de la que le hicieron a este rumano, y que es tan natural que ni la vemos. Que la bicicleta es para mensajeros y no puede venir a la oficina así. Que usted no puede hablar con la persona que le sirve los tintos porque eso es degradarse. Que la señora de los tintos es su sierva y no un empleado como usted, una persona con los mismos derechos. Que usted no puede acercar en su finísimo carro al mensajero así la ruta parcialmente le convenga a él. Y así.

♪Qué fácil es protestar por la bomba que cayó a mil kilómetros del ropero y del refrigerador...♪

Cuando las bombas explotan a nuestro lado y ni las notamos.

La nota completa en TheLocal.se

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