20 abril 2014

García Márquez, mi Estocolmo y la pregunta de un ahogado*

Me puso Miguel Camacho una de esas tareas de las que sabía yo que no podría enfrentar. Algo en tiempo de crónica mezclando el Estocolmo de hoy, la muerte de Gabriel García Márquez y la gran fiesta que armó cuando le entregaron el Nobel en esta ciudad.

Aunque fuera labor para otros más grandes me quedaba esa espina clavada que me hacía difícil respirar. Así que la enfrenté y teniendo tan reciente la esforzada regrabación de El ahogado más hermoso del mundo para Lecturas de tabaquería salió esto, con evidentes y explícitas alusiones a ese cuento, que pueden oír acá y leer en algunos lugares de la red.

Este texto es ligeramente distinto al que le envié a Miguel, Al fin y al cabo es fesco y la levadura aún lo está inflando.Es solo un desahogo, una liberación de algo que me oprimía. Podría haber llegado lejos pero esta flecha y este arco están en manos de un arquero más bien débil.

*"La pregunta de un ahogado quién la puede contestar" uno de los pregones en 'Isabel' canción de Rubén Blades en el disco Agua de Luna

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Los pasos de García Márquez por Estocolmo: inventando recuerdos y mezclándolos con un ahogado famoso.

Nada es seguro pero todo es posible
Proverbio Marroquí


El pronóstico auguraba que el sopor del miércoles nos acompañaría hasta el final del lunes. Estocolmo dormía los comienzos de la pascua a pesar de las gaviotas y su graznido de alta frecuencia atormentando el vecindario. Era la época del año en que los días se alargaban y las sombras se acortaban luego de que fuimos una solo sombra larga en el invierno. Mientras en Colombia muchos asistían a la modorra del lavatorio de pies o sobrevivían a las mil veces repetidas películas de semana santa en la televisión, en México moría un hombre no tan común que en los años pasados había pasado varias veces por este vecindario aunque hoy todos sus recuerdos convergen a diciembre de 1982. Esa época en que las tamboras de Totó sacudieron el Grand Hotel y la bandera colombiana estaba izada indicando que un huésped ilustre de ese país estaba alojado en el tradicional lugar de encuentro de los ganadores de los premios Nobel de cada año. El suelo de Estocolmo se sacudía como lo hace hoy con las explosiones, necesarias para abrir el hoyo de cualquier construcción sobre esta roca negra. De Nobel a Nobel, agitando la ciudad.

Algunos de los maledicentes de su tierra natal, la mía también, afirman que murió en jueves santo para joder a los periodistas perezosos aunque, tal vez sin quererlo, él mismo complicó a quienes quisieran recordarlo en este país donde la pascua a veces rememore el aburrimiento de un diluvio sobre Macondo. Diría alguien cualquiera que Estocolmo olvidó al Nobel colombiano al ver que la vida transcurre como si nada y la línea azul del Tunelbana se desliza sin pausa por las rocas bajo el apartamento en Råsundavägen donde, en esos días del 82, Gabo leyó para sus amigos Blacamán el bueno, vendedor de milagros. Al fin y al cabo ver a un premio Nobel en esta ciudad es algo habitual y que se muera uno es, digamos, inevitable ¿no? La muy escueta nota de la página en internet de la fundación Nobel, solo 24 palabras, 9 de las cuales son el título, y tres vínculos a información de archivo, ayuda a asentar esa sensación de olvido. Pero hay que ver que está en la naturaleza de ciertos suecos (o en la de todos ellos) llevar el duelo con dignidad y sin aspavientos ni ferretería de altar mayor. Y que, dicen, el mismo García Márquez afirmó alguna vez que escribía para que lo recordaran los amigos. Así que en la celebración familiar de la pascua en alguna casa de campo sueca o en cierto apartamento de Estocolmo se puede estar sintiendo el dolor de la partida a la manera nórdica y preguntándose por qué a su amigo lo van a cremar tan pronto cuando acá se toman su tiempo, varias semanas, para esos menesteres fúnebres y tal vez no alcancen a llegar a despedirlo en esa otra ciudad en otro altiplano, ésta no envuelta por la niebla ni llena de hombres de abrigo y sombreros de fieltro. Preguntan si no hay forma de soltarlo por un acantilado para que vuelva cuando quiera. En cierta forma, como en El ahogado más hermoso del mundo, los amigos de Gabo en esta ciudad son ahora, y desde siempre, parientes a través suyo y han hecho crecer rosas sobre esas rocas. O tal vez tulipanes. En esta ciudad donde no se puede decir que el sol confunda a los girasoles ni que el viento se quede a dormir bajo las camas, aquí donde debe parecer asombroso que alguien recuerde de manera especial el día en que lo llevaron a conocer el hielo, si la nieve del invierno es toda una bendición rutinaria en la misma oscuridad de diciembre que abrazó a don Gabriel.


Estocolmo, 19 de abril de 2014, Mauricio Duque Arrubla

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