27 septiembre 2007

El prado ajeno...

Tanto que me quejé en mi anterior entrada sobre no saber dónde votar y resulta que no voy a estar aquí el dia de elecciones. Me quejé sin oficio.

No voy a votar porque ese mismo día a las 9 am estoy saliendo para Estocolmo y a la hora que abren las urnas ya debo estar haciendo migración. La joven que me atendió en la embajada de Suecia para el trámite de la visa era una joven preciosa. Lo digo sin miedo a tener líos con mi esposa porque ella lo dijo antes que yo (dijo que la había tendido la Barbie). Y resulta que en Suecia esta joven es una mujer común y corriente y está casada con un morenito muy latino. Esto nos lo nos contaba Nancy, la vigilante de la embajada, en medio una tremenda migraña; A los suecos y las suecas les parece que los de tipo latino son (somos) supremamente atractivos. Aunque la verdad no es que yo sea muy morenito.

Cuando yo estaba en la Universidad Nacional tenía un amigo, Guillermo Solano, que estudiaba en la Universidad Javeriana. A Guillermo le encantaba ir a mi universidad porque decía que le fascinaban las mujeres que encontraba allí. En cambio a mi, obviamente, me encantaba tomar dirección contraria y deleitarme con las mujeres de su universidad porque las de la mía eran las que uno ve todos los días y les pierde el encanto. El prado ajeno siempre es más verde.

Imagino que a las mujeres les pasa igual. Nosotros tenemos la ventaja que para ellas la apariencia personal es muy importante. Nosotros nos bañamos, nos ponemos ropa limpia y listo. Bueno, algunos se peinan, yo ya no tengo necesidad.

Cuando trabajaba en otra empresa diferente a la de hoy, los ascensores tenían un gran espejo al fondo y era habitual que muchas mujeres entraran directo a mirarse una pestaña, una ceja o un mechón rebelde. Algunas ni siquiera saludaban. Pero el edificio en el cual trabajo ahora hay unas paredes exteriores negras con cierto brillo. Es decir que los que pasamos a su lado nos reflejamos en ellas. Allí sucede como con el espejo del ascensor. Es frecuente que mientras una mujer camina, y se ve pobremente reflejada, esté al mismo tiempo arreglándose algo del pelo o la ropa. Creo que ya se vuelve automático.

Los humanos tenemos muchas cosas extrañas y particulares. Menos mal cada uno tiene las suyas propias. Eso hace parte del encanto.

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