10 febrero 2012

De ida y vuelta. Viaje por el metro de Estocolmo (última de cinco partes)

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En esta segunda mitad del viaje veo algo que he visto en ocasiones anteriores. Los niños suben solos al metro camino al colegio o regresando de este. Pueden ir en grupos, bastante ruidosos como es de esperar en cualquier lugar del mundo, o ir solos. Los más pequeños por supuesto van siempre acompañados pero se pueden encontrar niños de 10 años, incluso menos, viajando sin compañía en el metro. Como cuando en nuestra infancia en los 70 mis hermanas, Gonzalo y yo podíamos montar en bus naranja. O en buseta verde de la Republicana de Transportes. He pensado tomarles fotos pero me da temor ser acusado por acoso a menores de edad. Como evidencia solo queda mi palabra. También es muy frecuente encontrar ancianos en el metro. El sistema está adaptado para su comodidad y facilidad de desplazamiento. Me impacta verlos casi siempre solos. En esta sociedad los lazos familiares no son tan fuertes de padres a hijos cuando estos últimos ya están crecidos como pueden ser en nuestra cultura por la herencia latina, española y probablemente algo de la árabe por la ocupación a España. Mientras veo a los viejos recuerdo noticias de maltrato y desatención en los centros de cuidado que existen para ellos en este país. Historias a veces dramáticas que en Colombia no suceden porque no existe tal red de albergues o ancianatos. Aún mantenemos la tradición del cuidado por la familia hasta donde sea posible. Algo que no durará para siempre.

Un hombre sube y empieza a tocar un violín. Para qué negarlo, estaba poco afinado. Al comienzo de mi estadía en esta ciudad no vi músicos callejeros o en el transporte. Pero de un tiempo para acá vi, además de este violinista, a un hombre que interpretaba un instrumento de cuerdas en grupos de 3 o 4, las que hacía sonar percutiéndolas con unas baquetas con una especie de algodón en la punta. También vi un acordeonista y otra violinista, esta bastante afinada y que estaba sobre la plataforma de la estación Karlaplan, en la línea roja. No era transeúnte por los vagones de metro como es este músico que se acaba de subir. Ya hay un apreciable número de pasajeros en mi vagón y el violinista espera que algunos le demos alguna moneda. Hasta donde he visto los suecos no son tan generosos en eso de dar apoyo al músico de la calle porque lo del rebusque es poco común acá. Las notas del violín suenan detrás de mí, el hombre está parado junto a una de las puertas. De repente otro hombre muy cerca de él le espeta un “cállese”. Se lo dice en inglés, “be quiet”, rudo, áspero y directo. Haga silencio, no se meta en mi vida de manera abusiva, más si lanza desentonados gritos a mi lado. Por supuesto estas palabras nunca se dijeron pero en el frío silencio que recorrió el vagón las sobrentendimos. Algunos habrán estado de acuerdo y pudieron haber agradecido al único que se animó a decirlo. Otros, tal vez acostumbrados a la condescendencia latinoamericana, sentimos dolor y vergüenza ajena. El músico hizo como que no era con él y aprovechó la simultánea llegada a la estación para terminar su ejecución, luego de esa perentoria orden, y pasar recogiendo sus monedas. El tren arrancó de nuevo y el hombre se sentó para luego bajarse en la siguiente parada y buscar, con cara de pesadumbre, una de las bancas para descanso. Los de adentro enterramos nuestros ojos en los periódicos, libros o dispositivos electrónicos. Alguno más desvió su mirada a la ventana como si anduviera en tren por el campo viendo el paisaje y no en esos túneles hechos en la roca negra que sostiene a Estocolmo.

El resto del viaje transcurre mientras paso el choque de ese evento con el músico. Para los suecos esto puede ser natural y por eso tienen fama de rudos y francos. También son muy respetuosos con los espacios ajenos y por lo general solo entran en ellos cuando han recibido la aprobación explícita para hacerlo. Puede que de ahí venga la abrupta reacción. Y de ahí viene también esa distancia con el turista o con el trabajador inmigrante. Si el necesitado de algún dato no pregunta, el sueco no se atreve en general a meterse y sugerir. Pero estará amablemente dispuesto a colaborar cuando se lo solicitan. Por supuesto es una generalización del temperamento sueco pero es la precepción que hemos tenido y que varios nativos nos han reafirmado.

La grabación con voz de mujer que anuncia las paradas me trae a la realidad. Ha llegado la hora de descender porque estoy de nuevo en Rådhuset. Mi alma sigue un poco gris por el suceso y al salir del túnel y subir las escaleras eléctricas encuentro que el cielo es negro. Apenas son las 4 y ya es de noche. Nieva de nuevo y algunos cristales se meten en mis ojos. Levanto la cara y me pongo las gafas como escudos. Hago el camino de regreso a mi casa mientras, enrollo de nuevo el hilo que fui soltando cuando salí. A mi derecha veo la torre de Stadhuset con su luz azul que brilla en la noche y domina el vecindario como un faro. El centro de Estocolmo y el canal que no se congela aún me reciben de nuevo. La nieve vuelve a seducirme crujiendo bajo mis pies.

Me esperan otros viajes por el metro. Líneas y estaciones que no conozco, gente que no he visto, prejuicios nuevos que crear y desbaratar.

Estocolmo
Diciembre de 2011-Enero de 2012

3 comentarios:

gerente dijo...

entre mi imagen del espía entrando a la primera estación, los guardias bobos, el señor del perro, la venezolana, el violinista y el grosero, ademas de la bulla de los niños perdí la escala temporal, a que hora salió de su apto y a que hora volvió?

Mauricio Duque Arrubla dijo...

Después de tomar las fotos empieza el regreso. Cuando digo que el perro volvería a subirse y cuando le hacen el feo al violinista.

Liz dijo...

Mauricio,
hace años leia tu blog y por esas cosas de cambiar de compu y comenzar otras actividades, te perdí la pista.
Me encanta reencontrarte. Pero creo que tengo muucho que leer para ponerme al corriente :)

Saludos desde Caracas!

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