07 febrero 2012

De ida y vuelta. Viaje por el metro de Estocolmo (segunda de cinco partes)

Ir a la primera parte



Claudia ya ha pagado el tiquete para el metro. En realidad pagó por un mes. Fue en la sencilla tienda Pressbaren y allí mismo se puede hacer la recarga de las tarjetas de acceso para el mes siguiente. Hay muchas formas y lugares donde se pueden adquirir los tiquetes del metro. Es posible comprarlos bajo muy diversos esquemas de precio con ahorro por compra anticipada hasta por un año, para estudiantes, ancianos y con planes especiales para turistas por 1 a 3 días. Existe, por supuesto, una máquina que expide tiquetes y tarjetas en ausencia de humanos pero un pequeño detalle técnico de la tarjeta del banco colombiano la hace inútil para nosotros. A la presencia del plástico azul las puertas deslizantes que han ido remplazando los viejos torniquetes dan paso a la larga escalera eléctrica que casi siempre bajo caminando mientras la cinta se desplaza. Es aburrido esperar una escalera que toma casi un minuto en hacer su recorrido.  En otras ocasiones las bajo casi corriendo, cuando los avisos en la entrada me indican que está por llegar mi tren. Para facilitar esos movimientos de último momento los suecos se ubican siempre al lado derecho de la escalera mientras bajan. Así alguien puede adelantarlos por su izquierda si tiene más prisa. Es verdad que usualmente no tengo afán pero otras veces llevo el tiempo medido para encontrarme con alguien y en las horas de poco tráfico en el día esperar el siguiente tren toma hasta 11 minutos. Tarde en las noches pueden ser 20 o más. El hecho es que hoy llego y alcanzo a sentarme en la banca de madera. Otras estaciones tienen bancas de concreto, frías e incómodas para largas esperas. En mi memoria estaba un recuerdo, posiblemente inventado como muchos otros, donde estas bancas tenían calefacción años atrás, cuando vine por primera vez a esta ciudad. En todo piensan estos suecos, hasta en calentar el jopo en las estaciones de Tunnelbana. En el viaje de este año encontré las mismas bancas en la plataforma azul de T-Centralen pero algunas estaban frías. Otras sí dan calorcito mientras, por ejemplo, en las madrugadas se espera por casi media hora el siguiente tren. Al fin de cuentas no resultó tan inventado el recuerdo.

Hay dos tipos de vagones en el metro de Estocolmo y los trenes van con unos o con otros. Todos son azules, no importa la línea por la que se desplacen, identificadas con diferentes colores. Hay unos que se notan bastante viejos, cortos y cuadrados. Otros más modernos, mucho más largos. Ambos son sencillos, sin lujos y generalmente limpios. Las sillas se organizan en dos pares de filas separadas por el pasillo. No todas apuntan en la misma dirección sino que se alternan, de tal forma que siempre verás a la cara al pasajero en frente, a diferencia del transporte de mi ciudad donde siempre le vemos la nuca a la persona de adelante y vamos todos viendo hacia la misma dirección en la que se dirige el bus. Los vagones modernos tienen nombres. La mayoría son de mujeres y no se repiten. Una forma de identificarlos en vez de usar la opción más inmediata que son los números, usada para identificar los vagones más viejos aunque los nuevos también los tengan.

En la plataforma de abordaje también está el aviso que indica cuál es el destino de los próximos trenes y cuánto tiempo falta para su paso. Esta información es útil en especial cuando por el mismo riel pasan trenes con diferente destino que se abordan desde la misma plataforma, algo común y que hace un mejor uso de recursos. El tren también lleva un aviso indicándolo y los altavoces informan el destino (en idioma sueco, por supuesto) cuando el tren está llegando a la estación. Cualquier distracción y el pasajero terminará en una línea que no lo lleva a su estación de descenso sino que deberá bajarse, devolverse a una estación de intercambio y conectar a la ruta correcta. O tal vez tome la línea correcta pero en la dirección equivocada. El hecho es que a la plataforma arriba el metro, con vagones viejos, en dirección a Akalla. Los pasajeros se alistan y se acomodan frente a las puertas. Éstas se abren y ordenadamente salen primero quienes van a dejar el tren en esta estación para luego subir los que estamos abajo. Los pasajeros se distribuyen en las sillas vacías, algunos prefieren ir de pie porque se bajarán en una estación cercana. Las mujeres que llevan los coches de bebé los acomodan frente a su puerta de entrada, donde hay otra puerta, y se van de pie junto a él. Antes que el tren reinicie su camino debo mencionar las obras de arte que adornan muchas de las estaciones del metro de Estocolmo. En la mía el tema es sobre las construcciones y artefactos que pudieron haberse encontrado en la isla de Kungsholmen en diferentes épocas históricas. Mi viaje de hoy me lleva hasta el final de esta línea a ver y fotografiar los murales en la estación de Akalla. Aunque sea la ruta que tomo con más frecuencia, esta vez no bajaré en Kista sino dos estaciones más allá.  En otro momento recorreré toda la línea tomando fotos de las estaciones y su arte.

Cuando me siento en la silla del metro, lo que llama primero mi atención es lo diverso del físico de sus pasajeros. Es obvio que hay en el sistema muchos suecos con biotipo prototípico de rubio y ojos claros, algo que cambia a medida que la estación se hace más periférica. Aunque hay que aclarar que un buen número de nativos no son rubios lo cual hace a las mujeres más hermosas con sus ojos claros y el cabello oscuro. Sabe uno que hay inmigrantes o suecos descendientes de inmigrantes con solo ver su fisonomía, su peinado, su vestuario, estatura y algunos otros rasgos evidentes. Los comportamientos y costumbres de cada grupo inmigrante o local también se hacen notar rápidamente. La conversación, el volumen de la voz, las risas o su ausencia. Son lenguajes no verbales que más allá de los distintos idiomas hacen más que evidentes las diferencias.  Hay, sin embargo, algo que une a todos los grupos: la conexión permanente a través de algún dispositivo móvil. La sociedad interconectada se hace manifiesta en un medio de transporte donde la seguridad se da por sentada y es normal que los ciudadanos exhiban sin preocupación su teléfono celular, su tablet o incluso su computador portátil alguna que otra vez.  Los pasajeros revisan correo en sus teléfonos, se conectan a internet o leen un libro en algún lector electrónico. A veces hasta se hacen o reciben llamadas. Es, entonces, normal que muchas cabezas vayan gachas. Veo a los pasajeros conectados en esta posición y recuerdo a las abuelitas cosiendo y bordando, concentradas en la labor que está en su regazo y portando a veces con la joroba que les ha causado esa rutina de tantos años. 

3 comentarios:

blogdelgerente dijo...

el relato de hoy parece el de un viajero en el tiempo describiendo un pasado lejano... con los recuerdos de uno aún más lejano

manipulador de alimentos dijo...

es muy interesante el el relato, me hace soñar al leerlo...

Psicólogos en Móstoles dijo...

la verdad yo uso mucho el smartphone, pero me gustaría ir hablando con el pasaje :)

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